Tras la primera impresión, la ira me cegó. Me abalanzo contra el asesino de mi padre con una furia desesperada, y él me esquiva con una vertiginosa rapidez, perdiéndose tras los altos setos que decoraban el jardín del doctor Santos.

Atravieso los arbustos tras él, pero al otro lado ya no hay nadie. Le he perdido de vista, y no encuentro rastro alguno de él. Era como si se hubiese evaporado en el aire.

– ¿Dónde estás? –grito con desesperación–. ¡Sal de dónde estés! ¡Enfréntate a mí si eres hombre!

Tras un corto espacio de tiempo, en el que el silencio me envuelve con una inquietante sensación, escucho esa tétrica risa de la voz. Me giro, y la voz se carcajea de nuevo a mis espaldas. Me giro una vez más y el sonido de la siniestra risa comienza a llegarme por todas partes alternativamente, como si estuviese jugando a un macabro escondite.

– ¡Deja ya de jugar, cabrón mal nacido! –grito lleno de odio.

Silencio. Solamente escucho mi agitada respiración. La garganta me arde como si algo por dentro se hubiese desgarrado. Lágrimas de impotencia se amontonan en mis ojos pugnando por salir al exterior. Y de pronto, la voz. Nítida, cercana, burlona, y con una fuerza sobrecogedora:

– ¿Qué tal tu mama?

Mi respiración se interrumpe. En ese instante siento como si mi cuerpo se hubiese paralizado por una corriente de gélido aire. Cuando la voz comienza de nuevo su desquiciada carcajada, me obligo a moverme con rapidez.

Echo a correr hasta mi taxi, entro en él y arranco el motor sin perder ni un segundo. En mi precipitada salida de la casa del doctor Santos, me llevo por delante parte de la valla del cercado y un contenedor, que se proyecta contra la acera de enfrente, impactando con violencia contra un coche allí aparcado.

Comencé a circular a gran velocidad por las calles de la ciudad. No me preocupé de respetar semáforos ni pasos de cebra. Disuadía con el claxon a todo aquél que hacía intención de ponerse en mi camino. Los coches que adelantaba protestaban con impertinentes pitidos, y los viandantes alzaban las manos profiriendo insultos a voces. Nada de eso me importaba. Lo único que quería era llegar a casa cuanto antes.

Al doblar una esquina me encuentro de frente con un vehículo que circulaba en dirección contraria. Lo esquivo con un brusco volantazo y escucho el inconfundible sonido de una colisión. Era el coche que acababa de esquivar el que se había estampado contra otro vehículo al evitarme.

Continúo acelerando y seguidamente escucho el sonido de una sirena. Por el espejo retrovisor diviso las luces giratorias azules de un coche policial, que se acerca por detrás a gran velocidad.

Acelero más. Los coches de adelante se apartan al sonido de la sirena, lo cual facilita mi conducción. Un nuevo coche policial se suma a la persecución. Giro el volante de nuevo y entro en la avenida de la constitución, una de las vías más amplias de Pincia, y eje principal de la ciudad.

Uno de los coches patrulla que me persiguen se sitúa a mi lado. Acelero mi vehículo para evitar que me adelante y me cierre el paso. El motor de mi Audi responde adecuadamente y el vehículo policial se queda rezagado.

Al alcanzar la plaza de Felipe II me encuentro con dos coches patrulla cruzados en medio de la calzada. No veo posibilidad de esquivarlos. A mi lado, el coche policial todavía me obstaculiza el paso, y si intentara evadirme por ahí, la inevitable colisión conseguiría hacerme girar en trombo y detener el vehículo. A mi otro lado, se encuentra la amplía explanada de la plaza con el edificio de la estación de autobuses al fondo.

Me quedan apenas unos metros para chocar contra los coches patrulla. El de mi lado no se ha dejado amedrentar y continúa cerrándome la salida, y el de atrás está lo suficientemente cerca como para no evitar el choque en caso de que frene bruscamente. Lo tengo jodido, y los agentes que me cierran el paso han abandonado los vehículos y se han puesto a cubierto en previsión de lo que parece inevitable.

Giró el volante. Mi taxi golpea contra la acera y se eleva en el aire. Me adentro en el interior de la plaza arrasando las esplendidas zonas ajardinadas que hasta ahora allí se encontraban. Escucho los gritos de pánico de algunos confiados peatones que se sorprenden ante mi paso, y hasta la figura ecuestre de Felipe II que se erige en el centro de la plaza, parece protestar ante mi osadía alzando la mano.

El coche que me seguía de cerca ha podido rectificar su dirección y continúa en pos de mí, sin embargo el que estaba a mi lado no ha podido evitar estrellarse contra los coches de sus compañeros, y por el espejo retrovisor puedo ver la nube de vapor que se eleva por encima de los vehículos.

Me dirijo hacia la boca de entrada de autobuses de la estación. La calzada desciende en ese punto al igual que en un garaje, para que los autobuses deriven a las dársenas subterráneas. Tiro del freno de mano y consigo que la parte trasera del taxi gire, pasando a escasos centímetros de la columna de entrada a la rampa. Consigo enderezar el vehículo y tomo la calle principal. Mi perseguidor en su empeño por alcanzarme, no corre tanta suerte y acaba empotrado contra la columna que yo he logrado esquivar.

Ya sin la presión de la policía, pero sin desacelerar en absoluto, abordo las últimas calles que me separan hasta mi domicilio, y cuando llego a la puerta de mi portal, freno el vehículo a un lateral de la calle, sin preocuparme lo más mínimo en aparcarlo correctamente, y echo a correr hacia el edificio.

Mientras aguardo a que el ascensor ascienda los siete pisos, me amaso los pelos con tal desesperación como nunca he sentido antes. El ascensor se detiene y abro la puerta con brusquedad. Abro la puerta de mi casa con la misma violencia.

La vivienda está sumida en la penumbra. Enciendo la luz del pasillo y grito:

– ¡Mamá!

Silencio. Avanzo por el pasillo con rapidez mientras ruego en silencio “¡Por Dios, que esté bien! ¡Por favor! Que no le haya pasado nada a mi madre”.

Mis peores temores se confirman cuando veo en el suelo del salón el cuerpo de mi madre cubierto de sangre.

– ¡MAMAAAAAA!

El grito procedía de mi garganta, pero lo escucho como si viniera de otra parte, de algún lejano lugar que no supiera ubicar. Mis ojos se inundan de lágrimas mientras tomo entre mis brazos el cuerpo sin vida de mi madre. Sus brazos caen inertes a ambos lados de su cuerpo y su cabeza se balancea hacia atrás como la de una muñeca de trapo. Veo mis lágrimas caer sobre su cara cuando beso su frente fría. Sollozo sin control alguno.

Estoy tan roto de dolor, tan concentrado en mi propio sufrimiento, que no siento el odio que avanza por mi espalda hasta que no noto el cuchillo atravesando mi hombro.

De mi garganta brota un grito de dolor, pero esta vez el dolor es físico; y ese dolor aumenta cuando el acero sale de mi carne. Me giro y alzo mi mano antes de que el cuchillo se hunda de nuevo en mi pecho. Retengo la pequeña mano de mi atacante, no sin antes ver los surcos sangrientos que el filo del cuchillo me ha dejado en los dedos.

Alzo la mirada hacia la persona que pretende acabar con mi vida, y me sorprendo al ver el rostro de Estela, desfigurado por la ira. Ahora si noto el odio que emana de ella. Es un odio tan profundo que hasta duele sentirlo. Un odio demasiado familiar como para no resultar obvio.

No le oigo, pero sé que está por ahí. Escondido entre las sombras, invisible. Como suele hacer siempre en sus cobardes ataques.

– ¡Tú me arrebataste lo que yo más quería! –me dice Estela–. Yo he hecho lo mismo contigo.

Hago de su odio el mío, y de un violento empujón la lanzo al otro extremo de la habitación. Estela, como si estuviese dotada de una especie de muelle, cae en el suelo y se levanta casi al momento, iniciando de nuevo una alocada arremetida contra mí, cuchillo en mano. Me agacho para evitarla, y en el instante en que siento su cuerpo contra el mío me alzo con fuerza. Estela sale volando por encima de mí y se estrella contra la ventana del salón.

El vidrio se rompe con un estruendoso sonido y Estela cae por el otro lado. Veo su desesperada mano tratando de aferrarse a algún saliente que evite su caída libre al vacío, pero nada pudo evitarla. Escucho el aterrorizado grito de Estela alejándose en la distancia, hasta que se silenció de forma brusca en su choque contra el asfalto.

– ¡NOOOOOO!

La voz grita con terror, con rabia, con impotencia, como si realmente procediera de la mente de Estela. Pero yo sé que no es así.

– ¡Acabaré contigo! –grito en medio de la vacía estancia–. Sea lo que seas acabaré contigo. ¡Lo juro! ¿Me oyes?

El silencio por respuesta. En el suelo, a los pies de la ventana y entre restos de cristales, veo brillar el filo del cuchillo que había acabado con la vida de mi madre. No sé por qué. Más tarde me arrepentiría. Pero en ese momento, sentí el impulso de tomarlo entre mis manos, y aferrar su mango con fuerza, mientras los ojos se me inundaban de nuevo.

En ese instante cuatro policías irrumpieron en el salón apuntándome con sus armas.

– Tire el cuchillo, las manos en la cabeza, tírese al suelo. No se mueva, las manos en la cabeza.

Minutos más tarde, bajo el azul de las luces giratorias bañándome el rostro, un agente me introducía esposado en la parte trasera de un coche policial.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

A continuación, y con el permiso de los lectores, me tomaré un descanso de unos meses y retomaré “Taxi 327″ hacia marzo o abril de 2009.

Muchas gracias por acompañarme hasta aquí, y confío en volver a contar con sus visitas en la segunda parte de mi novela.

Les deseo a todos que pasen unas felices fiestas, y un mejor año nuevo. Un afectuoso saludo:

Ángel J. Blanco