El inspector Ybarra había amontonado todos los papeles (incluido el listado de vehículos del doctor Losada) en un rincón de su mesa, y se encontraba enfrascado en un antiguo expediente. Uno de los casos que, seis meses después continuaban abiertos y sin vista de ser solucionados.

La víctima era un taxista de cincuenta y siete años al que le seccionaron la yugular. El único testigo era Francisco Rivas, el hijo de la víctima. Según su declaración, había quedado con la víctima en las inmediaciones del Campus universitario, donde se citaba cada noche para regresar a casa tras la jornada lectiva. Esa noche, al llegar al punto de encuentro, el testigo encontró a su padre tendido sobre el asfalto y sangrando abundantemente por el cuello. Junto a él se encontraba un hombre, de unos treinta años y vestido completamente de blanco, que emprendió la huída al verse descubierto por el testigo.

Ybarra recordó el abatido testimonio de aquel chico al que interrogó:

“No traté de perseguirle. Mi padre todavía estaba vivo. Tan solo intenté taparle la herida para evitar que se desangrara. Pero la herida era muy profunda. Nada pude hacer. Murió en mis brazos.”

El testigo no pudo facilitar ningún dato característico de esa persona. Ni tatuajes, ni cicatrices, ni accesorios de ningún tipo. Ni tan siquiera pudo asegurar que llevara el arma del crimen encima; lo que hizo pensar a Ybarra que el hombre al que vio el testigo ni tan siquiera fuera el verdadero asesino, si no tan solo un viandante más que se encontró ahí con la escena, y que huyó por temor de verse implicado.

“No –aseguró Francisco–. Tuvo que ser él. Estaba ahí de pie, mirándolo impasible cómo se desangraba. Observando cómo moría mi padre. ¿Quién iba a hacer algo así? ¿Qué clase de monstruo morboso se quedaría ahí de pie sin hacer nada? Es él. Lo sé.”

Con la exhaustiva descripción de Francisco Rivas se creó un retrato robot del presunto asesino, que desgraciadamente, no aportó ninguna pista más a la investigación. Ni en la base de datos de la policía, ni las pistas facilitadas por los ciudadanos tras difundir la imagen, dieron con el paradero de esa persona. Hasta tal punto que Ybarra llegó a pensar que ese personaje no fue más que una invención del testigo, e incluso llegó a sospechar que el verdadero autor del crimen hubiese sido el propio Francisco Rivas. Pero sin pruebas físicas, ni móviles conocidos, y con una verificada coartada del sospechoso, no hubo posibilidad ninguna de investigar esa teoría.

Pero ahora, con estos nuevos datos aportados por la viuda de Fidel Recio, las sospechas de Ybarra adquirían un mayor peso. Y quizá, sólo quizá, pudiera resolver tres casos de un plumazo. Si Estela le hubiese confirmado que la tapicería del taxi era de color azul… Pero no. La mujer no lo recordaba. Sólo sabía que era oscura.

– Inspector –le reclamó un agente–. Un nuevo homicidio.

– ¡Mierda! –maldijo Ybarra–. ¿Es que no van a parar nunca?

El agente esbozó una moderada sonrisa y ladeó la cabeza ligeramente como diciendo “¿Y a mí qué me cuenta?”. Pero en lugar de eso alargó un papel al inspector y dijo:

– Dos cuerpos. Uno de ellos parece ser el del asesino, que fue abatido por un invitado del dueño de la casa.

– ¿Cómo que “abatido”?

– No lo sé. Yo por lo que he entendido, le quitó el arma y le voló la cabeza. ¡No está mal para ser un puto taxista!

El inspector clavó su mirada en el agente.

– ¿Un taxista? –preguntó en tono severo.

– Eso me han dicho.

De inmediato el inspector se puso en pie y se colocó su gabardina.

– ¿Qué número de licencia? –preguntó Ybarra tajante.

– ¿Cómo dice?

– ¡El taxista, coño! ¿Qué número de licencia tiene? ¿El 327?

El agente mostró un rostro sorprendido.

– ¡Y yo que sé! –dijo.

Ybarra comenzó a andar apresuradamente hacia la salida mientras gritaba.

– Voy para allá. Comunique a los agentes que retengan al taxista hasta mi llegada. Bajo ningún concepto deben dejarle salir.

– ¡Inspector! –llamó el agente. Ybarra se giró mostrando en su rostro su contrariedad–. El taxista abandonó el lugar del crimen antes de que llegara la patrulla.

– ¿Qué? –gritó Ybarra fuera de sí–. ¡Maldita sea! ¡Que todas las unidades busquen a ese taxista!

– ¿Dónde? –preguntó el agente mostrando una sonrisa un tanto burlona.

– ¡Como si tienen que remover cielo y tierra! ¡Tres cojones me importa! ¡Pero quiero que lo encuentren! ¿Queda claro?

– Sí, inspector –dijo el agente borrando su sonrisa. Había comprendido que el inspector, no estaba para bromas.

– ¡Quiero prioridad absoluta en este asunto! –concluyó Ybarra a voz en grito mientras salía de la comisaría.

* * *

Estela transitaba con nerviosismo de un lado a otro del salón. No podía quitarse de la mente la pesadilla que acababa de tener. Por eso no quería dormir. Apenas conciliaba el sueño, a su mente llegaban las terribles imágenes de su vecino, golpeando una y otra vez el cráneo de su marido.

Estela se detuvo de golpe. Se quedó pensativa mordiéndose la yema del dedo (ya no le quedaban uñas de tanto comérselas). Apartó la mano con un quejido y contempló la gota de sangre que comenzaba a fluir por el hueco que acababa de dejar, el último minúsculo trozo de carne que había retirado con sus dientes.

Se puso en movimiento. Con extrema rapidez, recorrió el pasillo de su vivienda y salió al corredor. Pulsó el botón del ascensor y esperó con nerviosismo el tiempo justo en que se dio cuenta que de nuevo estaba mordiéndose el dedo sangrante. Se dirigió a las escaleras y las bajó a toda prisa. Fue descendiendo pisos uno detrás de otro, hasta que, entre el tercero y el segundo, su pie le jugó una mala pasada. Se retorció el tobillo, perdió el equilibrio y cayó rodando el corto tramo de escalera que le faltaba hasta el rellano.

– ¡Maldita sea! –se quejó con un gesto de dolor.

Se masajeó durante unos segundos el tobillo, y cuando el dolor remitió un poco, se puso en pie y continuó su vertiginoso descenso hasta el garaje. Una vez allí, comenzó a caminar por un angosto pasillo repleto de puertas. Sosegadamente, Observó el número marcado en cada una de las puertas, hasta que vio las placas metálicas adhesivas que formaban el número 17. Tras esa puerta se encontraba el trastero de Francisco Rivas.

Posó su mano sobre la empuñadura y la presionó. Como era de esperar, la puerta se encontraba cerrada. Miró a ambos lados y su vista reparó en un objeto rojo que colgaba de la pared, en el otro extremo del pasillo. Se acercó hasta él, lo tomó entre sus manos y deshizo el camino de nuevo hasta la puerta. Comenzó a golpear la manilla con el extintor; con ciertas reservas al principio, pero a medida que los golpes no hacían mella, Estela se dejó llevar cada vez más por la ira. Fue golpeando cada vez con más fuerza, sin importarla ya en absoluto el escandaloso ruido que estaba provocando, ni que alguien lo escuchara.

La manilla cayó, pero la puerta seguía sin abrirse. La golpeó con todas sus fuerzas, asiendo el extintor por su asa y oscilándolo como si se tratase de un bate de beisbol. Endosó los últimos tres golpes profiriendo rabiosos gritos, y finalmente, la puerta cedió con un sonido a metal roto.

Extenuada, dejó caer el extintor y se agachó para recuperar el aliento, apoyando sus manos en las rodillas. Tras unos segundos así, se incorporó de nuevo y penetró en el oscuro recoveco. Buscó a tientas el interruptor de la luz y lo pulsó. Cuando vio lo que le rodeaba, no pudo evitar emitir un suspiro de espanto y sorpresa.

Todos los enseres que se apilaban ahí dentro, todas las cajas, todo lo que la rodeaba, era exactamente igual que en su sueño. ¡Hasta esa horrorosa cortina roja que colgaba por el manillar de una destartalada bicicleta!

Comenzó a observarlo todo milimétricamente, buscando algún resto que evidenciara lo que ahí había ocurrido. Movió telares de un lado para otro. Pero no encontró absolutamente nada.

Se cruzó de brazos en medio de la estancia, y soltó un prolongado suspiro, que ni ella misma sabría decir si fue provocado por frustración, o por alivio. Se dio media vuelta y se dirigió a la puerta con intención de regresar a su casa.

Pero de pronto, una extraña sensación que no sabría explicar, la obligó a internarse de nuevo en el trastero. Se adentró en medio de un cúmulo de bolsas cercanas a la esquina del habitáculo, y comenzó a moverlas. Debajo de ellas encontró una vieja caja de cartón. La tomó entre sus manos, y antes de que pudiera alzarla del todo, el contenido se derramó por el suelo con enorme estruendo. Multitud de coches de juguete, cubiertos viejos y sucios, trapos, canicas y otros elementos, quedaron esparcidos por cada rincón del trastero.

Pero Estela ni se fijó en ellos, y poco le importaban. Estela tan solo tenía ojos para la base de la caja. Las solapas que apoyaban en el suelo y que, tras el desplome de la mercancía, habían quedado abiertas mostrando las grandes manchas oscuras, del líquido que las había debilitado.

Era sangre.

El rostro de Estela se contrajo en una mueca de espanto. Sus ojos se inundaron de lágrimas, y en su interior fue germinando una semilla de odio que no pudo contener por más tiempo.

– ¡Hijo de puta! –masculló arrojando la caja contra la pared, para después salir del trastero como un violento huracán.

* * *