No sé muy bien cómo narrar los momentos vividos tras la detonación. Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos, pero a pesar de la rapidez con que se desarrollan los hechos, cada detalle, cada matiz, cada sentimiento, se me queda retenido en la mente, como si ocurriese a cámara lenta. Es como si en estos momentos en que la adrenalina emana por cada poro de mi piel, mi cerebro se hubiese acelerado al mismo ritmo que mi corazón, absorbiendo cada sensación como una esponja.
Un nuevo disparo acompañado de un gran estruendo de platos rotos llegó hasta nuestros oídos. Los estridentes gritos de Sonia no hicieron más que añadir mayor confusión y nerviosismo a la situación. El doctor Santos se abalanzó contra la puerta y salió precipitadamente del despacho. Yo le sigo con la misma rapidez. Bajamos las escaleras a la carrera, y antes de percatarme de lo que ocurría en el salón, el doctor comenzó a emitir unos angustiosos alaridos, y el sentimiento de dolor que sintió me golpeó con una violencia inusitada.
– ¡Nooooo!
El cuerpo de Lucía se encontraba tendido frente a la puerta de entrada sobre un charco de su propia sangre. Su mano temblequeaba notablemente mientras la vida se le escapaba por momentos. Entonces, una visión me dejó petrificado. ¿Una visión, una alucinación? Ahora mismo no sabría decirlo, pero a través del rostro de la moribunda mujer, me pareció ver una extraña neblina blanquecina y brillante que brotaba de ella, y desaparecía a escasos centímetros de su cara, como si fuera engullido por un oscuro aro de color rojo oscuro. Fue apenas un instante. La imagen se desvaneció en cuanto la mano de Lucía dejó de temblequear.
En ese mismo instante sentí también dos emociones que no procedían de mí. Una era pánico, la otra, odio. Giré la vista hacia el lugar de procedencia de esas sensaciones. Un hombre de anchas espaldas, agarraba por el cuello a Sonia, zarandeándola bruscamente para impedir su huída. En la otra mano alzaba una escopeta de caza, cuyos cañones serrados a mano apuntaban al techo.
El hombre giró su rostro hacia nuestra posición. Sus negros ojos se clavaron en el doctor, emanando un odio visceral y profundo. Las facciones de su severo rostro sin afeitar no ocultaban en absoluto sus sentimientos. Y lo que más me chocó fue eso precisamente. No encontré en él ninguna otra emoción. Ninguna razón. Sólo odio.
En el momento en que Santos se precipitaba hacia su mujer, el hombre bajó el arma. Alargué los brazos y retuve al doctor en el preciso instante en que el hombre disparó. Caímos sobre las escaleras, y la esquina de la barandilla de madera saltó en pedazos desperdigando por el suelo, y sobre nosotros, sus astillas. La pared quedó salpicada por decenas de agujeros producidos por el impacto de los perdigones.
El hombre interpuso a Sonia delante de él a modo de escudo y giró la escopeta hacia la cabeza de la muchacha, mientras la retenía por el cuello con su enorme brazo.
– ¡Quietecito ahí, doctor! –dijo el hombre sonriendo ampliamente–. O vas a tener que recoger los sesos de tu hijita con una fregona.
Santos se incorporó apoyándose en la barandilla. Se giró hacia el hombre que retenía a su hija. Al temor y al dolor que sentía, ahora se sumó el desconcierto.
– ¡Señor Tapia! –exclamó conmocionado–. ¿Qué está haciendo?
– ¿A ti que te parece, doctorcito? –contestó con sarcasmo–. Tú mataste a mi mujer, yo maté a la tuya. Se podría decir que estamos en paz, pero no. ¡Ni mucho menos! A ti todavía te queda esta preciosidad –entonces paseó los labios por la mejilla de la muchacha y la besó sin apartar la vista del doctor.
– ¡Papá! –gimió Sonia–. ¡Ayúdame, papá!
– ¡Por favor! –rogó Santos con los ojos empapados de lágrimas–. ¡Por favor, señor Tapia! ¡Suéltela!
– ¡De eso nada, monada! –susurró el hombre esgrimiendo una grotesca sonrisa.
– Lamento muchísimo lo de su mujer, pero no pudimos hacer nada por ella. El tumor estaba ya muy extendido.
– ¡No te atrevas a repetir eso! –gritó Tapia apuntando con su arma al doctor–. ¡Tú la mataste! Si la hubieses realizado antes las pruebas necesarias, cuando comenzó a quejarse de los dolores de cabeza… ¡Pero no! No tenía nada según tú. Sólo jaquecas. ¡Y ahora está muerta!
– ¡Está bien! – admitió Santos–. Yo tuve la culpa. ¿Quieres vengarte? ¡Pues hazlo! Pero hazlo conmigo. ¡Deja a mi hija, por favor! ¡Sólo tiene quince años!
– ¿Eso es lo que te gustaría, verdad? Pero no. Tú tienes que sufrir lo que yo he sufrido. Tienes que saber lo que es quedarse completamente solo. Tienes que experimentar lo que se siente al perder todo lo que amas.
Tapia dice esta última frase gritando a pleno pulmón, y de inmediato gira de nuevo el arma hacia la cabeza de Sonia.
– ¡No! –grita el doctor Santos en un desesperado intento por detenerle.
Sentí el subidón de excitación que experimentó Tapia, y percibí su intención de apretar el gatillo. En milésimas de segundo, mi mente dibujó las posibilidades de la siguiente reacción. El hombre dispararía, Sonia caería al suelo con la cabeza reventada y yo me abalanzaría sobre él. Nada podría hacer por detenerme con la escopeta descargada. Habría ya vaciado los dos cartuchos de la recamara. Le arrebataría el arma, y haría que se la tragara literalmente.
De manera inesperada, el hombre se percata de mi presencia con la mirada, y enfoca los cañones de la escopeta hacia mí. Aunque parezca extraño, no siento temor. Mis sentidos están al cien por cien orientados hacia Tapia, y sé que no me va a disparar de forma inmediata.
– ¿Te quieres hacer el héroe? –me dice con una sonrisa maquiavélica–. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que dispare para quedarme sin munición y puedas acabar conmigo?
No me sorprendo. Ni tan siquiera me inquieto. Estoy tan concentrado en él, que seguramente habría proyectado mis pensamientos, al igual que había ocurrido en el día de ayer con los matones del club. En este momento sé perfectamente lo que tengo que hacer, como si una extraña intuición me hubiese marcado el camino a seguir.
Dibujo en mi mente una imagen cargada de detalles. Dibujo al hombre, con su pelo alborotado, incluso me permito dibujarle las pocas canas que comienzan a surgirle en el cabello. Dibujo las dos gotas de sudor que resbalan por su sien. Esbozo el contorno de sus brazos, uno encañonándome, otro en torno al cuello de la muchacha. Remarco las líneas de sus músculos en tensión, y comienzo a dar movimiento a la imagen. Empiezo a quitar tensión en los brazos del hombre, dejo que vaya relajando el brazo que aprisiona a Sonia, y que poco a poco vaya descendiendo el arma. Mientras que la imagen se va dibujando en mi mente, mis ojos me devuelven la misma imagen. ¡Está funcionando! Tengo a Tapia bajo mi control.
Apenas soy consciente de que he ido acercándome al hombre, y ya estoy a tres pasos de separación de él. Alargo mi mano hacia la muchacha, que me devuelve una angustiosa mirada bañada en lágrimas.
– ¡Sonia! –susurro en cuanto el hombre la libera–. ¡Ven hacia mí! Muy despacio.
Sonia mira de reojo al hombre, alarga su mano y me roza los dedos. Tomo su mano y tiro de ella con suavidad. Da un dubitativo y aterrorizado paso hacia mí, mientras yo continuó sometiendo al hombre a mi voluntad, haciéndole bajar el arma por completo. Ahora comienzo a dibujar sus dedos abriéndose para soltar el arma.
– ¡Dispara!



