Me quedo de piedra. Mudo. Siento como si una corriente de gélido viento me hubiese dejado congelado en ese instante. Es mi madre la que reacciona en mi lugar.
– ¿Pero qué dices, hija? –pregunta lo más serena posible, calmando la cólera que irremediablemente la invade en ese momento.
Estela se incorpora sobre su asiento y comienza a ser presa de unos nerviosos aspavientos mientras deambula de un lado a otro de la cocina.
– ¡Olvídalo! –dice mostrando un rostro confundido–. Olvidadlo todos. Es que… No sé por qué, se me ha metido en la cabeza la absurda idea de que fuiste tú el que mató a Fidel. Pero claro. Es… es una tontería. Lo siento. Perdonad.
Y con estas últimas palabras sale de la casa con la misma rapidez con la que entró.
– Voy a hablar con ella –dice mi madre saliendo en su busca.
Natasha me observa con expresión de no entender nada.
– ¿Qué decir esa mujer? –pregunta.
– Nada –contesto tratando de quitar hierro al asunto–. Está trastornada. Acaba de perder a su marido y no sabe lo que dice –de inmediato, y para evitar más preguntas comprometidas cambio el tono–. Bueno, ¿estás preparada para ir de compras?
– ¿De compras?
– ¡Claro! No tienes nada de ropa, ¿no? Y esta noche tenemos una cena, ¿Recuerdas?
– Sí –contesta agachando la mirada–. Pero no querer más molestias para tú.
– Déjate de tonterías y vamos a ver trapitos.
* * *
Cerca de las seis de la tarde, el inspector Ybarra entró de nuevo en las dependencias policiales. Se había pasado toda la mañana cotejando el listado de vehículos que le había facilitado el doctor Losada, con las fichas policiales de la base de datos. Buscaba algún antecedente que pudiera llevar a una pista, pero los resultados, aparte de las diversas multas de tráfico de muchos propietarios, no añadían ningún dato relevante a la investigación.
Se sentó en su mesa de despacho y con aire cansado contempló el listado, del que tan solo había comprobado una cuarta parte de los nombres en ella inscritos. La apartó de un manotazo desesperado y comenzó con el papeleo del último y más escalofriante caso que había tenido que investigar.
En torno a las tres de la tarde, le habían reclamado para un nuevo homicidio. Un chaval de apenas 15 años se había liado a puñaladas con sus compañeros de clase. Había acabado con la vida de dos de ellos, y cinco más se encontraban ingresados con heridas de diversa consideración. Uno de ellos en estado muy grave. Después, el chico se había ascendido hasta el tejado del edificio, y se había arrojado al vacío. Sus sesos habían quedado esparcidos por el patio, en donde jugaban los niños de educación primaria en su hora de recreo.
Lo bueno del caso (si es que podía tener algo bueno), es que estaba cerrado. No necesitaría más que rellenar el informe de rigor y dar la investigación por concluida. Ya tenía suficientes casos sin resolver como para que se sumara uno más.
Cuando apenas había escrito cuatro líneas, una voz femenina le reclamó:
– ¿Inspector?
– ¿Sí? –contestó alzando la vista hacia le menuda mujer que tenía enfrente. La reconoció de inmediato. Era la viuda del hombre que había aparecido hacía dos días en el pinar con la cabeza reventada a golpes.
– ¿Se sabe algo de mi marido? –preguntó la mujer con rostro compungido.
– Señora de Recio, estamos investigándolo. Pero yo no puedo facilitar ningún dato sobre la investigación. ¿No lo comprende?
– Pero al menos, podía decirme si tienen alguna pista sobre quién lo pudo hacer.
Con suma paciencia, el inspector buscó las palabras adecuadas para que no sonara excesivamente duro.
– En este momento manejamos cualquier hipótesis, y no se descarta ningún sospechoso. Ni tan siquiera usted.
Los ojos de la mujer comenzaron a inundarse de lágrimas.
– ¿Yo? ¿Sospechosa? –dijo comenzando un desconsolado llanto–. ¿Pero cómo pueden pensar que yo…?
– No pensamos que usted lo hizo. Sin duda el que lo hiciera fue un hombre. O una mujer con una fuerza extraordinaria, y usted no tiene esas características. Pero trataba de que entendiera que cualquier información que se filtre, sobre los datos que estamos manejando, puede alertar al culpable, y dar al traste con la investigación.
La mujer extrajo un pañuelo de su bolso y comenzó a secarse las lágrimas. A pesar de ello, el llanto continuó en aumento. Ybarra se vio en la necesidad de levantarse y mostrar su lado más sensible con la mujer. Su mesa ya estaba siendo el punto de interés de las miradas de sus compañeros.
– Vamos, mujer. ¡Cálmese!–consoló agarrando a la mujer con ambas manos por sus hombros–. ¿Cómo se llama?
– Estela –logró decir ella hipando.
– Estela, usted lo que tiene que hacer, es volver a casa, recuperarse, y dejarnos hacer nuestro trabajo.
Entonces el inspector comenzó a llevar a la mujer hacia la puerta de salida, sin soltar las manos de sus hombros. La mujer se dejó guiar dócilmente.
– Entonces, ¿todavía no tienen ningún sospechoso? –preguntó Estela.
– No señora –respondió Ybarra en tono complaciente, antes de darse cuenta de que no debería haber contestado a esa pregunta.
– ¿Y si yo tuviera uno?
El inspector se detuvo en seco.
– ¿Cómo que uno? ¿Usted sospecha de alguien?
– Sí, así es.
– ¡Pero si cuando la interrogamos nos dijo que no conocía a nadie que pudiera tener algo en contra de su marido! ¡Que no tenía ningún enemigo!
– Sí, pero… lo he estado pensando y…
El inspector lanzó un prolongado suspiro y guió de nuevo a Estela de regreso a su mesa. Parecía que la actividad de la comisaría había quedado paralizada para contemplar el espectáculo que Ybarra y compañía estaban representando.
– ¿Qué pasa? –gritó Ybarra–. ¿No tenéis otra cosa mejor que hacer?
De inmediato las miradas se desviaron y la actividad regresó a su estado normal. El inspector acomodó en su asiento a Estela, y a continuación se sentó frente a ella, tomando un bolígrafo y un folio.
– Veamos. ¿De quién sospecha?
– De mi vecino. Francisco Rivas.
“Francisco Rivas… de qué me suena a mí ese nombre”
– Es taxista, y sólo trabaja de noche. Su padre fue asesinado hace unos seis meses.
“¡Claro, de eso me sonaba! Uno de los múltiples casos sin resolver que tengo archivados en el cajón”
– ¿Y por qué sospecha de él? –preguntó el inspector aumentando su interés.
La mujer se quedó unos segundos en silencio, meditando la respuesta.
– No sé… ¿Intuición?
El inspector entornó los ojos al techo.
– Pero ¿cómo que intuición, señora? ¿Pretende que base una investigación, en una corazonada suya? ¿No tiene ningún otro motivo para sospechar de él?
– Es un tipo… huraño… se pasa el día encerrado en casa. Es muy poco sociable… siempre está rehuyendo de la gente, e incluso antes de trabajar con el taxi, sólo salía de noche.
– Vamos, que no le cae bien.
– No… si yo con él me llevaba muy bien.
– ¿Entonces? Le juro señora que cada vez entiendo menos. ¡Vamos a ver! ¿Cómo se llevaba con su marido? Ahora me dirá que eran muy amigos.
– Oh, no. Para nada. Sé que mi marido no le caía bien. El otro día cuando le conté que habían encontrado el cuerpo de… –de inmediato la voz se le quebró, y sus ojos comenzaron de nuevo a inundarse en lágrimas–. Que habían encontrado a Fidel, me dijo que estaba mejor sin él.
– ¿Y por qué dijo eso?
– No lo sé –dijo ella agachando la mirada–. Pero parecía como que se alegraba de su muerte.
– ¿Dígame? –preguntó Ybarra tras unos segundos de meditación–. ¿Sabe que coche tiene el señor Rivas?
– Pues el mismo coche que llevaba su padre. El taxi 327.
– ¿Sabe la marca?
– Pues… es un… Audi. Pero no recuerdo el modelo. ¡A mí todos me parecen iguales! ¿Es muy importante?
– No. No tiene tanta importancia –mintió el inspector–. ¿Ha montado usted alguna vez en su taxi?
– ¡Claro! Muchas veces. Sobre todo cuando vivía su padre. Siempre me hacía el favor de llevarme al centro comercial a comprar, cuando Fidel trabajaba.
– Y dígame, ¿recuerda el color de la tapicería?



