El inspector Ybarra observaba el cadáver sobre la mesa con aspecto cansado y apagado. Con su metro noventa, hacía sombra sobre la totalidad del pequeño doctor que observaba su expresión alzando la cabeza.

– En principio debo decir que ya estaba muerto cuando cayó al río –comenzó el doctor Losada su explicación–. No hay restos de agua en sus pulmones, y por la herida post mortem que presenta en su brazo izquierdo, me hace suponer que fue arrojado desde una considerable altura. Un puente, seguramente.

– Déjeme los supuestos a mí.

– Como quiera. No hay signos de lucha evidente, pero sí he encontrado contusiones varias que incitan a pensar que pudo ser torturado. Aquí –y señaló la herida lateral de la cabeza del cadáver–, aquí –y señaló unas visibles magulladuras en las muñecas–, y aquí –y señaló una pequeña incisión en la parte posterior de la cabeza.

– ¿Y dónde está su oreja?

– Los supuestos se los dejo a usted. Yo, no lo sé. Las magulladuras en las muñecas son de unas esposas, y por las incisiones que presenta, y la trayectoria de las mismas, yo diría que fue colgado. Pero los supuestos se los dejo a usted.

– ¡Ya vale, Losada! ¿Qué quiere decir por “colgado”?

– Pues ni más ni menos que eso. ¡Colgado! Como un jamón de Jabugo.

– Entiendo. ¿Y la herida de la cabeza?

– Por eso es por lo que le he llamado con tanta premura. ¿Recuerda usted el cadáver de esta mañana? ¿El que tenía la cabeza como si se la hubiesen triturado con un pasapurés?

– ¡Cómo no!

– Pues al observar la herida me di cuenta de que la forma es similar a las contusiones que provocaron la muerte de aquel pobre desgraciado. Busqué rastros y ¡Voila! –exclamó tomando de la mesa un documento y extendiéndolo al inspector. Éste se masajeó la frente con su enorme mano y arrugó el entrecejo.

– De verdad, que me encuentro agotado, Losada. ¿Qué pone en ese papel?

– Sangre. Encontré restos de sangre procedentes de la primera víctima.

– O sea, que el arma que mató a la primera víctima fue la que acabó con la vida de éste.

– ¡Inexacto! –puntualizó Losada. Se notaba que estaba disfrutando con esto–. El arma que mató a la primera víctima golpeó a la segunda. Teorizando yo diría que se sirvió de ese objeto para dejarle fuera de combate, y después procedió a inmovilizarle con las cadenas.

– ¿Entonces, qué demonios mató a este hombre?

– ¡Ahí es en donde reside el misterio! ¡Mire esto! –y tomando de la mano al inspector le llevó corriendo hacia un pequeño mostrador rebosado hasta los topes de tubos de ensayo y aparatos, de los que Ybarra desconocía por completo su utilidad. Después el doctor tomó en su mano un frasco metálico y se lo acercó al inspector a la cara. Un nauseabundo hedor penetró por sus fosas nasales y de inmediato tuvo que retener un acceso de vómito.

– ¡Aparte eso, por Dios! –protestó Ybarra alzando la mano y retrocediendo unos pasos– ¡Qué asco!

– Son unas muestras del cerebro del cadáver –dijo el doctor con cierto orgullo.

– ¿Y por qué apesta tanto? –preguntó Ybarra con su grave voz amortiguada por la tela del pañuelo con el que se había cubierto la nariz y la boca.

– ¡No lo sé! Pero en éste estado se encontraba todo el cerebro. Sólo he visto una cosa similar en casos de muerte por electrocución. Es como si le hubiesen achicharrado el cerebro con una corriente de alto voltaje exagerada.

– O sea, que lo han electrocutado.

– Si lo hubieran electrocutado, se vería alguna marca en la zona por la que la corriente entró en el cuerpo, y otra por donde salió, y yo te aseguro que he rebuscado cada pliegue del cadáver y no he hallado nada.

El inspector abrió los ojos y se encogió de hombros en gesto inquisitivo, y ante el mutismo de Losada finalmente preguntó:

– ¿Y?

– Parece increíble, pero es como si le hubiesen aplicado una descarga eléctrica directamente al cerebro.

– ¿Y eso cómo es posible?

– No lo sé, pero si encuentra a la persona que mató a la primera víctima, quizá se lo pueda preguntar. Por que estoy seguro que él lo sabe. Y cuando se lo cuente, –y esgrimiendo una sonrisa que rozaba la carcajada, concluyo–: ¡Por Dios, le ruego que me lo explique!

– Descuide. Será el último en enterarse –dijo de un modo socarrón para después cambiar el tono–. Pero es que no tenemos ni una sola pista en ese caso –concluyó golpeando su puño con furia sobre la mesa.

– ¿Ni rastros de ADN? ¿Ni huellas? ¿No hay nada?

– El muy cabrón borró todas sus huellas y no dejó ni un cabo suelto.

– Bueno, quizá esto le ayude a reducir la búsqueda –y echó a andar con su rapidez acostumbrada hacia otro rincón de la sala, en donde se amontonaban carpetas de informes y papeles. El inspector le siguió con gesto abatido–. Encontré restos de fibras de color azul entre las ropas de la segunda víctima.

– Vale –dijo el inspector con desgana mientras tomaba la bolsita que le mostró Losada–. Mañana las llevaré a laboratorio.

– Ya lo hice yo. Pertenecen a la tapicería de algún turismo del grupo Volkswagen de gama media-alta. Con ello descartamos los Seat y los Skoda…

– Si, muy bien. Eso reduce la búsqueda ¿a cuantos? ¿Diez mil? ¿Quince mil coches?

– Dos mil trescientos cincuenta y tres. ¡Aquí está la lista!

Ybarra la tomó en la mano con gesto abstraído mientras observaba al doctor con suma curiosidad.

– Ese tipo de tapicería a la que pertenecen las fibras, se empezó a utilizar en los modelos de 2005. Lo cual ha reducido la búsqueda bastante. Y si a eso le sumamos que estamos buscando un coche grande, los modelos de los que estamos hablando se reducen a un Passat, y a un Audi A4 o un A6. Los A8 quedan excluidos también porque todos vienen con tapicería de cuero.

– ¿Y porqué tiene que ser un coche grande?

– Para ser usted inspector es poco inteligente, ¿no?

Ybarra abrió la boca y alzó el dedo como para protestar, pero fue interrumpido por Losada:

– Intente usted meter un cadáver en el maletero de un Golf, un Polo o de un A3, verá lo que ocurre.

El inspector lo meditó un segundo y dijo cargado de razón:

– Lo podría haber transportado en los asientos.

– Sí. Podría. Si quisiera arriesgarse a que lo pillaran. Pero entonces por qué se molestó tanto en borrar las huellas de su primer crimen, si después pensaba pasearse por las calles con un cadáver a la vista. ¿No le parece un tanto ridículo?

El inspector puso los ojos en blanco y volvió a masajearse la frente y el entrecejo.

– Ridículo, pero no imposible –aseguró en un susurro poco convincente.

–Eso es todo, inspector –concluyó el doctor–. Vaya y descanse, ¡Que buena falta le hace!

– Tiene razón –afirmó Ybarra–. Llevo dieciocho horas de pie, y anoche apenas dormí cuatro. No puedo ya ni pensar con claridad.

Se giró , caminó apesadumbrado hacia el perchero y recogió su gabardina. Tras colocársela, asió la manivela de la puerta y, cuando estaba a punto de cruzarla, se giró y dijo:

– ¡Ah, Losada!

– ¿Sí?

– ¡Buen trabajo!

– Lo sé –contestó el pequeño doctor con orgullo.

* * *

Abro los ojos. La luz del sol ya se filtra a través de las rendijas de la persiana. Me giro. Natasha me muestra su espalda desnuda. Poso mi mano sobre ella y acaricio su aterciopelada piel. Ella gira la cabeza. Su rubia melena se extiende sobre la almohada. Clava sus preciosos ojos azules en mí y muestra una delicada sonrisa. Bruscamente se gira y se coloca encima de mí. Alza las manos y veo en ellas un brillante destello.

– ¡No! ¿Qué haces? –grito aterrorizado en cuanto distingo el objeto que agarra entre sus manos.

Apenas me da tiempo a más. Natasha hunde en mi pecho el cuchillo con enorme fuerza. Un intenso dolor cruza mi cuerpo arrancando un alarido de mi boca. El dolor es tan insoportable que me paraliza por completo. Miro con asombro el cuchillo clavado en mi pecho y veo cómo la sangre comienza a manar dibujando surcos carmesí sobre mi piel. Alzo una suplicante mirada hacia ella, que me observa de la misma forma que debe observar una leona a la gacela que retiene entre sus fauces.

– ¡Muere! –me susurra esbozando una triunfal sonrisa.

Extrae el cuchillo rápidamente y lo vuelve a hundir en mi cuerpo una vez, y otra, y otra…