– Tú tener algo –dice Natasha.

– ¿A qué te refieres?

– Tú ser… raro. Tener algo. No sé.

– ¡Pues si no lo sabes tú…!

– Yo pensar. Tú, ¿cómo saber lo de hermano Boris? ¿Cómo saber lo que decir mi padre? ¿Cómo hablar ruso?

Me reservo la respuesta, pero Natasha continúa mirándome esperando contestación.

– No quiero hablar de eso –digo al fin.

– ¿Por qué?

– Es complicado.

Permanecemos unos segundos en silencio.

– Madre de mi padre tener algo también –dice Natasha–. Cuando ella viva, ver futuro gente.

La observo con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Toco su mente y al instante me llega la imagen. Una anciana de pelo cano, cerraba los ojos frente a una vela. Tenía ambas manos unidas sobre una baraja. Después extraía una a una las cartas y las colocaba sobre el tapete que adornaba la mesa.

– ¿Quieres decir que tu abuela tenía el don de la clarividencia?

– ¿Cómo decir? ¿eldon?

– Don.

– Sí. Don. Mi abuela tener don. Tú también don.

Sonrío, pero mantengo silencio. Si lo reconociera sería la primera persona a la que se lo cuento, y en ese sentido, soy bastante cauto.

– Tú no hablar. No importa. Yo sé. Tú leer… –y se llevó las manos a la frente, haciendo gestos para hacerse entender.

– No. Yo no leo el pensamiento. Tu abuela veía el futuro de la gente. Yo puedo ver su pasado.

Me mira con curiosidad, esperando que ampliara mi explicación.

– Dí –reclama– Tú confiar yo.

– En ocasiones llegué a pensar que estaba loco –digo–. Me vienen imágenes a la mente, del pasado de la gente. Con el tiempo vi que esas cosas que veía habían ocurrido realmente. Sólo es eso.

Por supuesto no era sólo eso. También estaban los sentidos ajenos que percibía… y las voces. Pero eso prefiero guardármelo.

– Hemos llegado –digo al llegar al garaje, ese en el que anoche tuve encadenado al hombre que secuestré.

Abro la puerta de la cochera, introduzco el vehículo y salimos al exterior para volverla a cerrar.

– Mi casa está a unos doscientos metros –anuncio–. ¡Por aquí!

Comenzamos a caminar y observo cómo Natasha hace gestos de dolor. Coloco su brazo por encima de mis hombros y la tomo de la cintura para ayudarla a caminar.

– Espasíba –dice, inmediatamente rectifica–. Gracias.

Caminamos los últimos metros hasta el portal de esta manera. Ella muestra en todo momento una sonrisa que me pareció maravillosa, y yo, comienzo a sentir una especie de hormigueo, como si tuviese mariposas en el estómago. No tardo en comprender que esa sensación no era solamente mía.

Al llegar a casa aviso a Natasha de que no haga ruido porque mi madre estaba durmiendo. Entramos al salón e invito a Natasha a sentarse en la mesa, donde mi madre ha dejado el tentempié de costumbre. Pronto damos buena cuenta de ello y dejamos los platos vacios. A continuación acompaño a Natasha hasta mi habitación.

– Dormirás aquí –digo–. En el armario tienes ropa para ponerte. Mañana si quieres iremos a comprarte algo más apropiado.

– Gracias –contesta Natasha agachando la cabeza. Tenía los ojos húmedos y brillantes–. No sé cómo pagar todo esto.

– No tienes nada que pagar. Lo hago encantado –ella alza la vista. Sus ojos brillantes, su sonrisa… el corazón me da un vuelco contemplando lo que en ese momento me parece, la mujer más hermosa del mundo–. Yo dormiré en el sofá.

– Quédate –me dice de sopetón–. No querer estar sola.

Entonces se acerca a mí, me rodea el cuello con sus brazos y me besa en los labios. Siento el agradecimiento que siente por la ayuda recibida, y eso no me agrada. Me deshago de ella.

– No, no. Espera –la detengo–. No tienes porqué hacer esto. No me debes nada, y por supuesto. No quiero que me lo pagues de esta manera.

Ella me mira a los ojos y su sonrisa se borra de su rostro.

– Yo pasar meses haciendo esto obligada. Primera vez querer hacerlo de verdad –entonces me soltó y se giró dándome la espalda–. Pero si yo no gustarte, yo comprender.

De inmediato siento la tristeza que le provoca mi rechazo, y el auténtico deseo y la atracción que sentía por mí. Y yo no puedo refrenar mis propios deseos por ella. La tomo de la cintura, la giro sobre sí misma, y la beso en los labios apasionadamente.

Comenzamos a intercambiarnos besos y caricias mientras nos desnudamos mutuamente con delicada sutileza. Mis labios comienzan a saborear su suave piel, y me dejo llevar por los placenteros sentimientos que emanan de ella. Siento con intensidad lo que ella siente, y me beneficio de esa certeza buscando lo que más placer la produce.

Nos fundimos en un solo cuerpo, y nuestros movimientos se sincronizan a la perfección. Busco lo que más la estimula y no me cuesta encontrarlo. Eso sin duda me debe convertir en un amante excepcional. Nos entregamos el uno al otro por entero, y cuando alcanzamos el clímax, lo hacemos al unísono. Jadeantes, borrachos de placer y rebosantes de endorfinas, comenzamos a reír de pura felicidad. Nuestros sudorosos cuerpos se resisten a despegarse, y así nos quedamos, unidos, yo dentro de ella, disfrutando del momento y regalándonos besos y caricias a cada instante. Así, hasta que finalmente, los ojos se nos van cerrando.

Antes de sucumbir al sueño, un pensamiento cruza mi cabeza. Esta noche las voces no se han dejado escuchar, y a pesar del hallazgo del cadáver de Fidel, y de que la muerte me ha envuelto de nuevo bajo su manto en forma de tiroteo, definitivamente se puede decir que hoy, ha sido un gran día.

 

* * *

El inspector Ybarra entró como un ciclón en la sala de autopsias. Se quitó la gabardina con prisa y la colgó en el perchero situado en la entrada.

– ¡Buenas noches, inspector! –Saludó un doctor bajito y delgado que limpiaba los cristales de unas gruesas gafas con la punta inferior de su bata blanca.

– ¿Buenas noches? –contestó Ybarra de mal genio–. ¡No me joda, Losada! Esta mañana el cuerpo del pinar. Esta noche un tiroteo. ¡Otros dos palmeras! Y ahora, ¡esto! ¡Cuatro cadáveres en un solo día! Y a eso le sumamos los otros tantos crímenes que se han cometido en los últimos meses. ¿Y se supone que yo, como único inspector de homicidios de la ciudad, me tengo que encargar de todos? ¡Esta ciudad se está yendo a la mierda!

– No se sulfure, inspector –dijo Losada con una sonrisa en los labios mientras se colocaba sus anteojos–. ¡Venga conmigo! Quizá tenga algo que le alegre el día después de todo.

El inspector siguió con paso torpe y cansado al pequeño doctor, que en contra posición caminaba grácilmente, como si saltase en cada paso.

– ¡A ver, qué me tienes aquí! –dijo el inspector al situarse junto al doctor, que se había detenido frente a la mesa donde reposaban los restos de un hombre de mediana edad, que en vida debió ser atractivo–. ¿Es el fiambre del río?

– Así es –contestó Losada.

– Así que otro cadáver más a la lista. Venga, deme una alegría. Dígame que ha sido un accidente, y no otro crimen.

– En ese sentido siento desilusionarle, inspector. Hay muchas cosas que no alcanzo a comprender de este cadáver, pero le puedo asegurar que su muerte se puede calificar de cualquier forma menos natural.