Al salir de la casa del doctor Santos pregunté a Natasha si tenía donde ir. Ella agachó la cabeza y negó con unos movimientos apesadumbrados.

– ¡No te preocupes! –dije–. Esta noche la pasarás en mi casa, y mañana ya veremos lo que hacemos. ¿De acuerdo?

Natasha alzó la vista incomoda, pero con una chispa de ilusión que hizo que brillaran sus ojos.

– No quiero ser problema…

– No eres ningún problema. Soy yo el que te he ofrecido alojamiento. ¿De acuerdo?

Ella sonrió y asintió con la cabeza. Ese gesto tuvo un matiz un tanto infantil que me resultó gracioso. Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo atraído que me sentía por ella. De lo mucho que me gustaba, y todas las alertas de mi cerebro saltaron como las alarmas de un banco cuando está siendo atracado. Mi corazón era el botín, y yo hacía ya mucho tiempo que lo había confinado en una sólida caja fuerte.

No es fácil mantener una relación estable cuando evitas las aglomeraciones de gente. Las chichas de hoy en día no buscan a muermos que se encierran en casa todo el día, y que sólo salen por la noche, y no precisamente para ir de discotecas. Eso no quiere decir que no haya tenido encuentros con mujeres, alguno ha habido. Pero solamente una vez he tenido algo parecido a una novia, y de eso hace ya unos cuantos años.

Nos conocimos en la biblioteca de la Universidad a la que había comenzado a estudiar Ingeniería Industrial en horario nocturno; el único horario en que el alumnado no era tan elevado como para jugarme una mala pasada, aunque debo reconocer que los sentimientos entremezclados de veintitantos alumnos y un profesor, no ayudan precisamente a mantener la concentración en clase. Por eso me había hecho asiduo visitante de la biblioteca. A esas horas, apenas tres o cuatro alumnos se esparcían enfrascados en sus apuntes, por las distintas mesas de la amplia sala repleta de libros. Una de ellas era Vanesa. Era una de esas chicas a las que llamábamos “quebranta cuellos”, debido a la forma en que su espectacular anatomía, atraía la mirada de quien se cruzara en su camino. Poco podía imaginar que aquella escultural mujer había puesto sus ojos en mí.

Yo siempre me solía poner en el rincón más apartado de la biblioteca, donde los sentimientos de los demás apenas eran perceptibles. Un día de pronto un sentimiento de cierto nerviosismo se instaló en mi interior mientras me preparaba para un examen. Un sentimiento tan repentino no podía proceder de mí. Miré en torno mío, y no tardé en distinguir a Vanesa que se acercaba.

– Disculpa, ¿Tienes un boli? –me preguntó. Inmediatamente noté que el nerviosismo de la muchacha se había incrementado notablemente. Toqué su mente. Pude ver que el pedirme el bolígrafo sólo era una excusa para acercarse a mí.

– ¿No tienes tú uno? –pregunté.

– No –negó ella con una simpática sonrisa.

– Yo creo que sí. En el bolsillo interior de tu chaqueta.

Vanesa miró hacia el bolsillo que le había indicado y extrajo el bolígrafo. Me miró con la boca abierta en una expresión de sorpresa y, mostrando una deliciosa sonrisa, dijo:

– ¡Es verdad! ¿Cómo lo has sabido?

– Intuición –contesté.

– ¡Bueno, vale! Sólo fue una excusa para entablar conversación contigo–dijo Vanesa de forma descarada, procediendo a sentarse a mi lado–. Es que, te veo observando desde hace unos días y, no quiero que pienses que soy una fresca, pero me preguntaba, ¿Qué hará tan solito siempre, un bombón como tú?

De esta forma tan peculiar fue como comenzamos una relación que duró unos seis meses, y que terminó de manera repentina, por culpa en gran parte de mi don.

A medida que pasamos los días juntos, cada vez me iba enamorando más de ella, pero notaba que en Vanesa, toda esa excitación del principio se iba disipando como el gas de la botella de champan que se guarda en la nevera tras la Nochevieja. Hasta que un día, volví a sentirla con toda su intensidad.

Esa noche llegó más tarde de lo habitual a su nocturna cita conmigo en la biblioteca. Me recibió como de costumbre con un “hola cariño” y un beso en los labios. Y me vino su sensación. Una sensación de nerviosismo extremo.

– ¿Qué te pasa? –pregunté.

– ¿A mí? Nada ¿Por qué?–la sensación aumento. Mentía. Indagué más en sus sentimientos, y me di cuenta que ocultaba algo. Algo que no quería que yo descubriera. Pero se sentía feliz por lo que había hecho. Ilusionada con… ¡con otra persona! Me metí en sus recuerdos. La vi haciendo el amor con otro chico. Roto de dolor aparté esa imagen de mi mente a la mayor rapidez que pude, y noté cómo la ira me dominaba.

– ¿Con quién te has acostado? –la pregunté procurando contenerme. Ella giró su rostro (que palideció al instante) hacia mí, y mostrando una expresión de desconcierto, digna merecedora de un Oscar, preguntó:

– ¿De qué estás hablando?

Me incorporé de mi asiento y paseé nerviosamente por delante de ella. Todavía procuraba serenarme, pero sentía mi corazón galopando con fuerza en mi pecho, y mi sangre hirviente nublándome la vista.

– No disimules. Sé que te has acostado con otro.

El temor que la embargó solapó los sentimientos de goce que todavía rezumaban en su interior tras el reciente revolcón con aquel tipo. Vanesa se incorporó e intentó inútilmente ocultar su acto con falsa indignación.

– ¿Sólo por que llego un poco tarde, ya piensas que me he acostado con otro? De verdad, Fran. No pensaba que fueras tan celoso.

La paciencia se me agoto. Agarré su cuello con mi mano y la empujé contra la librería situada a su espalda. El tremendo golpe hizo que algunos de los libros de la repisa superior cayeran al suelo con gran estrépito.

– ¡No se te ocurra mentirme, puta! –grité aferrando fuertemente su garganta. Las pocas personas que se encontraban en la biblioteca miraron con atención la escena, sin atreverse a intervenir–. Sé que vienes de follarte a otro. Todavía puedo oler el hedor de su polla en tu boca.

– ¡Me estás ahogando¡ –logró decir ella entrecortadamente.

La furia dio paso al raciocinio. Me había dejado llevar y había ido demasiado lejos. La solté. Vanesa se desplomó en el suelo tosiendo y se llevó las manos a la garganta. Pude ver las marcas que habían dejado mis dedos por la presión ejercida.

Me agaché a su lado y la puse una mano sobre el hombro.

– ¡Lo siento, Vanesa! No quería…

– ¡No! –gritó ella apartando mi mano de su cuerpo–. ¡No me toques!

Se incorporó y me clavó sus ojos llenos de lágrimas. Su bello rostro se encontraba ahora deformado por una mueca que mostraba rabia y temor en igual medida.

– ¡Has estado a punto de matarme, hijo de puta! –me dijo apuntándome con un dedo acusador–. ¡No se te ocurra volver a acercarte a mí! ¡Estás loco, Fran! ¡Loco!

Y salió despavorida de la biblioteca.

Esa noche no la perseguí. Pensé que al día siguiente podría hablar más relajadamente con ella y disculparme por mi feroz ataque. Pero me equivoqué. Después de aquello no volvió a cogerme el teléfono, y cada vez que intentaba abordarla en la calle, cambiaba de acera y huía como alma que lleva el diablo. A decir verdad, fue un milagro que no me denunciara. Y precisamente para evitar que lo hiciera, decidí dejar de acosarla. Al terminar el curso, no regresó a la universidad, y no la volví a ver más.