Tras el episodio de mi infancia en el centro comercial, me negué a asistir de nuevo a cualquier lugar o acto, en el que existiera una gran aglomeración de gente. Mis padres respetaron mi decisión; si bien el doctor Santos, quiso someterme a algún tipo de tratamiento psicológico o psiquiátrico, para tratar mi presunta agorafobia.

Las tres semanas que pasé con él, fueron un continuo ir y venir de pruebas médicas y otras, que no creo que fuesen secundadas por el colegio de medicina.

Una de ellas, por ejemplo consistía en un extraño juego con una serie de cartas que representaban figuras geométricas por una de sus caras. El doctor Santos, se situaba frente a mí y alzaba una de las cartas, de tal manera que la figura geométrica permanecía a su vista y oculta para mí.

– ¿Qué figura ves? –me preguntaba.

– ¡Ninguna! –decía yo.

– No. Concéntrate, y luego dime que figura te viene a la mente.

Yo permanecía inmóvil. Sentía la emoción que le embargaba y luego, sin saber cómo, en mi mente veía la imagen que sabía que estaba viendo él.

– Un cuadrado –decía yo.

El doctor sintió una pizca de desilusión y me mostró el triangulo que yo había visto en mi mente, arrojándolo boca arriba sobre la mesa. Alzó otra carta.

– ¿Y ahora? No te precipites.

“Un rombo”

– Una estrella.

Arrojó el rombo sobre la mesa con frustración. Y levantó otra, que volví a errar a propósito. Y luego otra, y un día, y otro repitiendo pruebas parecidas. Y siempre que se tratara de acertar cosas que él conociera, yo lo acertaba. Aunque no lo dijera.

No sabía si obraba bien o mal, pero me daba la sensación (lo “leía” en él), de que si le daba muestras de mi verdadero potencial, los experimentes se multiplicarían, se alargarían en el tiempo, y luego me expondría por todos los coloquios y congresos médicos, como si de un bicho de feria se tratara. Y todo para darse una notoriedad de la que carecía. Yo, no estaba dispuesto a permitir eso. No estaba dispuesto en absoluto.

La última prueba que me planteó, fue la de intentar mover con la mente objetos de diversos tamaños y pesos. En esto, no tuve que disimular mucho, ya que simplemente, no era posible. Tras este nuevo fracaso, finalmente decidió que ya había hecho todo lo que se le ocurrió que podía hacer, y llamó a mis padres.

– Todos las pruebas y estudios que he realizado han sido negativos –expuso con un tremendo pesar–. Su hijo es una persona absolutamente normal.

– ¿Normal? ¿Quiere decir que está sano? –preguntó mi padre.

– Sí, sí. Completamente sano. Dado el gran desarrollo de los puntos activos de su cerebro, tenía la esperanza de que tuviera algún potencial oculto. Pero… todas las pruebas han sido infructuosas.

– ¿Qué quiere decir con “algún potencial oculto”?

– Pues… existe la teoría, de que hay zonas en el cerebro, que si se lograran activar, podrían generar facultades extraordinarias para el género humano; tales como la telepatía o la telequinesia. Pero claro, no se ha podido demostrar.

– ¿Y usted se pensó que mi hijo podría hacer algo de eso?

– Hombre, no es que lo pensara; pero tenía que estudiarlo.

Mis padres observaron al doctor con unos rostros que mostraban escepticismo, y esa inquietud la conocí yo de igual modo que sentí el bochorno por el que estaba pasando el doctor Santos.

– En cualquier caso –continuó el doctor impaciente por dar el tema por zanjado–, su hijo no tiene ninguna cualidad especial que yo haya detectado, y en lo que respecta a su salud, todas las pruebas apuntan a que su hijo no padece enfermedad ni trastorno alguno. De modo que cuando quieran, pueden llevárselo. Y si tienen alguna pregunta, alguna duda, o en el futuro quisieran comentarme algo que noten, estoy a su entera disposición.

Y así fue. Durante los años sucesivos mis padres tomaron al pie de la letra la sugerencia del doctor santos, y cada vez que mi salud se veía perturbada aunque fuese por un simple resfriado, acudieron a él. En cuanto al doctor, llamaba regularmente a mis padres e incluso quiso retomar alguna vez sus experimentos (cosa a la que yo me negué, y mis padres me complacieron). A la larga, la relación médico-paciente fue tan estrecha, que llegué a sentir el afecto que el doctor Santos profesaba por mí y por mis padres. Y si he de ser sincero, yo también llegué a tomarle aprecio. Una vez superada esa sensación de inferioridad que le obligaba a querer destacar en su profesión, su preocupación por mí llegó a ser sincera, y aunque ese hecho me agradaba, no dejaba de tener mis reservas hacia él; porque en algún recóndito resquicio de su psique, el afán de protagonismo continuaba latente, y si descubriera mi don, no dudaba que esa ansia volvería a ocupar un primer plano.

 

El doctor Santos nos hizo pasar a un acogedor salón, decorado con un gusto exquisito. Las paredes estaban pintadas en color crema, decoradas con unas cenefas con motivos florales. Los escasos muebles de estilo moderno que lo vestían, se encontraban estratégicamente situados para dar una mayor amplitud a la estancia. Una hermosa y esbelta mujer, unos diez o quince años más joven que el doctor (y que sin duda era la artífice de esa decoración en el hogar), se asomó a través de la puerta.

– ¿Qué ocurre cariño? –preguntó la mujer con semblante preocupado.

– Nada Lucía. Es sólo un paciente.

La mujer me miró con extrañeza y luego dijo:

– ¿Un paciente? ¿A estas horas?

– Sí, mi amor. Es Francisco Rivas. ¿Recuerdas que te he hablado de él? Es mi mujer. Lucía

– ¡Ah, sí! –exclamó Lucía, y me tendió una mano no falta de desconfianza, que estreché amigablemente.

– Encantado –saludé.

– ¡Pero Santo Dios! –exclamó el doctor al ver los hematomas que presentaba Natasha en su costado–. ¿Quién te ha hecho semejante salvajada?

– Es una larga historia –traté de eludir la respuesta.

– Me has despertado a altas horas de la madrugada para atenderla. Al menos me podías explicar cómo ocurrió.

Mientras el doctor reconocía a Natasha, les conté brevemente lo ocurrido, esquivando el episodio del tiroteo. Sentí cómo Lucía iba renunciando a sus suspicacias a medida que avanzaba en mi relato, soltando de vez en cuando alguna que otra exclamación compasiva del tipo “¡pobrecilla!”.

– Por suerte no tienes nada roto –anunció el doctor tras finalizar su exploración–. Tan solo es la contusión provocada por los golpes. Te facilitaré unos antiinflamatorios y unos analgésicos para el dolor. De todas formas convendría vigilar tu estado por si se hubiese producido alguna hemorragia interna. Si en algún momento notas mareos o algo raro, convendría que acudierais al hospital.

Tras entregar los medicamentos a Natasha, Lucía se quedó charlando con ella amigablemente, momento que el doctor Santos aprovechó para tomarme del brazo y llevarme a un rincón de la habitación.

– Te he estado llamando –me dijo.

– Sí, lo sé. Mi madre me dio el recado.

– ¿Y por qué no me has contestado?

Me encogí de hombros mostrando una sonrisa de disculpa y dije:

– No sé. Supongo que por la falta de tiempo. Ahora trabajo de noche, y… todavía estoy aclimatándome al nuevo horario.

– Bueno, es igual –dijo el doctor dando por concluido el tema–. Como ya sabrás, desde que te traté por primera vez, comencé a estudiar el funcionamiento del cerebro, y básicamente me he convertido en un experto en la materia. Hace unos meses comencé a trabajar en el hospital psiquiátrico, y he descubierto algo que me gustaría compartir contigo.

– ¿De qué se trata?

– La verdad, prefiero mostrártelo. Es un tema para hablarlo largo y tendido cara a cara. Pero creo que resultará muy interesante para ti.

– ¿Para mí o para usted?

El doctor soltó una carcajada, que parecía un tanto artificial.

– ¡De acuerdo! –corroboró–. Sí, a lo mejor me interesa a mí más que a ti. Pero seguro que lo que he descubierto, a ti tampoco te deja indiferente. ¿Recuerdas cuando te dije que eras el único, en desarrollar semejante nivel de estimulación cerebral? ¿Recuerdas que te comenté que existían zonas en tu cerebro, que demuestran una actividad inexistente en el resto de los humanos?

– Sí.

– Bien. Pues estaba equivocado.