– Cálmate –susurro a la muchacha, sin soltar mis manos del volante –. Ya pasó ¿Cómo te llamas?
– Natasha –logra decir conteniendo su llanto durante un instante.
– Hola Natasha. Yo soy Fran. ¿Por qué te perseguían esos hombres? –le pregunté aunque ya sabía la respuesta. Sus recuerdos me lo habían dicho.
La mujer comienza de nuevo a llorar y se acurruca sobre mi pecho. Cruzo mi brazo en torno a ella y la acaricio suavemente la cabeza. El tacto de su pelo resulta sedoso y agradable, y se desliza suavemente entre mis dedos produciéndome una sensación sumamente agradable. Es la segunda vez en un día que una mujer se acoge a la protección que le brindan mis brazos.
– ¡Venga, tranquila, mujer! Te obligaban a prostituirte, ¿no es cierto?
Natasha aumenta el volumen de su llanto y asiente con la cabeza.
– No fue como esperabas, ¿verdad? Cuando viniste de Rusia con la promesa de matrimonio.
La mujer alzó la vista. Sus ojos azules brillaban con mayor intensidad ahora que estaban cubiertos de lágrimas.
– ¿Cómo saber tú eso? –me pregunta incrédula.
– Por que ya nos conocemos. ¿Recuerdas? Yo te recogí en la estación de trenes el día que llegaste. Fuiste mi primera pasajera. Tú me contaste lo del hombre que conociste por internet, y que te pagó el pasaje para que vinieras a España.
La verdad es que ella apenas dijo nada, yo lo leí en su mente.
– ¡Yo hablar poquito español! ¿Cómo…?
– Te hiciste entender muy bien –mentí–. Venías nerviosa e ilusionada. Y tenías algo de miedo. Por lo que veo tenías motivos para temer.
Natasha de nuevo comenzó a llorar, y entre llantos comenzó a desahogarse:
– Dijo mentira. Quitó… pasaporte y dijo: “tú debes dinero a mí. Tú tienes pagar billete”. Me llevar allí y me… me hicieron… follar. Follar con hombres para pagar.
Entonces ya no pudo más. Rompió a llorar desconsoladamente y escondió su cara en mi pecho. Tras varios minutos alzó de nuevo la vista, esa hermosa mirada que en ese momento mostraba un enorme reconocimiento.
– Tú sacarme de allí –dijo con un hilo de voz–. Gracias.
– No hay de qué –contesté sonriendo–. Ha sido un placer.
– ¡Yo manchado te! –dijo escandalizada al alzar la cabeza, para después sacudirme el pecho con su delicada mano.
– Da igual. No te preocupes por eso –la digo deteniendo su mano con la mía. El roce de sus dedos entre los míos consigue que un escalofrío recorra mi cuerpo.
Natasha se incorpora y en ese momento se lleva las manos al costado, emitiendo un agudo chillido.
– ¿Qué te pasa?
– ¡Me duele! ¡Ese cabrón! Me roto… aquí –dice señalando sus costillas.
– Te llevaré a un hospital.
– ¡No! –grita con los ojos desorbitadamente abiertos y una expresión de súplica en su rostro. Sentí su temor–. Hospital no, por favor. Hospital llamar policía y… yo no papeles. Me llevar Rusia otra vez. ¡No poder volver!
– ¿Pero tan mal están las cosas allí?
– No tan malo, pero… –sus ojos comenzaron de nuevo a llenarse de lágrimas, como si procedieran de algún rebosante pozo sin fondo–. ¿Cómo puedo mirar padre a cara después de…? No puedo. ¡No puedo!
Lleva sus manos a la cara y se cubre el rostro, prorrumpiendo de nuevo en un desconsolador llanto. Puedo percibir con gran intensidad, los sentimientos de enorme vergüenza que la desbordan en este momento.
– ¡Está bien! Deja ya de llorar, por favor. No iremos al hospital, pero eso te lo tiene que ver un médico.
Ella alza la vista con rostro asustado, y antes de que pueda decir nada me adelanto:
– ¡Confía en mí! Todo saldrá bien.
Natasha muestra una esplendida sonrisa, empañada ligeramente por las sombras provocadas por la conjunción de maquillaje y todas las lágrimas derramadas. Su belleza resulta tan impresionante, que me pregunto si aguantaría esa sonrisa cuando su rostro reflejara felicidad. Agacha la vista hacia sus rodillas, y comienza a entrecruzar sus dedos con nerviosismo.
– Mi padre no querer que yo venir. Dijo “no mi gusta”. Dijo: “Cuidado”. Yo no escuchar, y él, tener razón.
Casi sin darme cuenta, me vienen imágenes a la mente. Imágenes de un hombre de blanco mostacho, que alza con sus fuertes brazos a Natasha siendo niña, y la gira en el aire mostrando una hilarante sonrisa. Percibo el gran amor que Natasha siente por ese hombre, su padre; y pienso que alguien que ama de esa forma, no puede tener cabida en su corazón para la maldad. A continuación me viene el rostro de ese mismo hombre, mas avejentado, que sonríe amargamente procurando contener las lágrimas. Era la despedida de su padre en el aeropuerto. Natasha en ese momento, tenía roto el corazón por la pena de dejar a su padre solo. Y me viene el fugad deseo que tuvo ella, en la cola de embarque, de regresar a su lado corriendo y no tomar el avión. Pero al girarse, su padre había desaparecido.
– Mi madre morir cuando yo pequeña. Mi padre sólo yo hija, y… yo irme. Mi padre ahora solo.
Una nueva lágrima resbala solitaria por su mejilla. Acelero el taxi para llegar cuanto antes al destino que tengo en mente. No sé por qué, pero me resulta muy doloroso contemplarla tan triste, tan melancólica, tan abatida, y no poder hacer nada.
De pronto, unas palabras se dibujan en mi mente, y sin apenas pensarlo, salen por mi boca:
– Visigda ya budu liubit vas, printsessu.
– ¿Kak vi scasali? –me pregunta con una expresión de sorpresa.
– ¿Qué? –pregunto yo a la vez.
– ¿Vi gabaritie pa ruski?
– Perdona, pero no te entiendo.
– ¡Tú hablar ruso!
– ¿Yo? ¡Qué va!
– Tú antes decir “Siempre amar a ti, princesa”.
– ¿He dicho yo eso?
– ¡Sí, En ruso! –exclama en un tono que roza la exasperación–. Siempre mi padre decir así. ¿Por qué tú decir eso?
En ese momento detengo el coche frente a la puerta de una elegante casa.
– Hemos llegado –anuncio, y me apeo del coche para no tener que contestar a más preguntas incómodas.
Natasha baja del taxi y camina con lentitud un paso por detrás de mí, mientras nos dirigimos a la puerta principal de la vivienda por el pequeño y bien cuidado jardín que precede la entrada.
Al llegar, toco el pulsador del timbre. Después de unos segundos lo pulso de nuevo, y una rendija de luz se asoma por debajo de la puerta.
A los pocos segundos, el rostro somnoliento de un hombre maduro. Bajo sus redondas y torcidas lentes, unos ojos marrones expresan con un gesto su sorpresa.
– ¡Fran! –exclama el hombre.
– Buenas noches, doctor Santos. Disculpe que le moleste a estas horas pero, era un caso de urgencia. ¿Nos permite pasar?



