Son las dos de la madrugada y ya he realizado un par de servicios. Todavía me queda mucha noche por delante, pero hasta ahora por suerte, no ha habido ni rastro de “La voz”.

Mi último cliente es un individuo pelirrojo y fornido, que subió a mi taxi presumiendo de lo bien que iban sus negocios, de que normalmente utilizaba su BMW para desplazarse, pero que lo había dejado en el taller “tuneándolo” un poco. Durante todo el trayecto, me contó batallitas de cómo había modificado su motor para elevar la potencia del vehículo unos cuantos caballos.

Era lo único cierto que me contaba. Eso lo había hecho en el taller donde en realidad trabajaba, y al coche de su jefe (un negrero que le repetía hasta la saciedad lo inútil que era). Yo noté en cuanto entró lo desgraciado que se sentía, lo solo que estaba, y el complejo de inferioridad que arrastraba probablemente desde la niñez. Contar esas mentiras a un desconocido, le hacían sentirse anímicamente mejor, aunque en realidad, al menos en este caso, el único engañado era él.

Me detuve frente a las puertas de un local de alterne. Mientras las luces de neón iluminaban de verde y rojo su rostro, el cliente cuenta las monedas justas que llevaba en la cartera y me entrega la cantidad exacta. Luego se apea, y me imagino que se entretendrá en el interior del local, tratando de engañar con sus historias a alguna puta, que poco le interesa lo que le cuente. Ella tan solo querrá cobrar, y echar el polvo lo más rápido posible, para buscar otro cliente.

Salgo del recinto cerrado que marca los límites del club. Entro en la carretera y comienza a acelerar. De pronto, una sombra surge por un lateral. Instintivamente piso a fondo el pedal del freno. Contra mi coche choca una muchacha, que apoya sus manos en el capó y, con la fuerza de la envestida, se sube sobre él. Veo su rostro claramente definido. Sus brillantes ojos azules, su corta melena rubia, su pequeña y delgada nariz, y unos finos labios pintados de rojo. Ese rostro lo conozco. Su recuerdo emerge con gran nitidez en mi mente.

La muchacha gira el rostro hacia el lugar de donde había salido, y una mueca de horror se dibuja en su rostro. Dos hombres aparecen en escena. Cuando la mujer emprendía la huída, uno de ellos la atrapa por una de sus piernas y la arroja al suelo. La chica desaparece de mi campo visual, pero veo al segundo hombre que propina una patada a su indefensa víctima caída. Inmediatamente salgo de mi vehículo.

– ¿Qué está pasando aquí? –grito encarándome con los matones. De ponto, el primer hombre saca una pistola que llevaba oculta bajo su chaqueta y me apunta con ella.

– ¡Tú súbete a tu taxi y piérdete! –me dice con un claro acento de algún país del éste de Europa–. Esto no es asunto tuyo.

El segundo hombre (el que ha propinado la patada), agarra con su enorme mano a la mujer de los pelos y la alza en vilo. La mujer grita de dolor.

Siento el dolor y el terror de la muchacha, y también siento la rabia de los hombres, pero algo más… Debo concentrarme un poco más en ese sentimiento de los hombres.

– ¡Suéltala! –grito.

El hombre me mira y la suelta para desenfundar su arma. Luego avanza con rapidez hacia mí y me encañona. Noto el cañón de la pistola bajo mi barbilla.

– ¿Qué te pasa! ¿Te vas a hacer el machito? –me dice también con el mismo acento que su compañero–. ¡Date el piro!

En ese momento me viene. Me viene ese sentimiento oculto, y un sinfín de cosas más.

– ¿Qué pasa? –comienzo a hablar– ¿Tienes miedo del señor Armendáriz? ¿Temes que si se te escapa esta puta acabe contigo, como acabó con tu hermano?

El hombre muestra una mueca de asombro.

– ¿Qué sabes tú de mi hermano? –me dice apretando aún más su arma en mi garganta–. ¡Di!

– Por lo que veo sé bastante más que tú. ¿Pero por qué no le preguntas a tu compañero? El sabe dónde está.

El hombre lanza una mirada de asombro a su compañero, y le dice algo en un idioma que no entiendo. El otro le responde, y hace gestos con las manos y con la cabeza en señal negativa. Luego me apunta con el arma y avanza hacia mí.

– ¡Te voy a matar, cabrón! –me grita.

Ese momento lo aprovecha la muchacha para echar a correr. El hombre que se dirige hacia mí, se gira con presteza, la agarró y apoya el cañón de la pistola contra su sien. La mujer grita y el hombre habla a la mujer en su idioma.

Aquel hombre que sujetaba a la mujer, por indicación de su jefe el señor Armendáriz, había llevado al hermano del que me apuntaba, a un descampado y le había descerrajado un tiro en la nuca, para luego enterrarlo en aquel lugar.

Ese recuerdo me viene a la mente mientras estoy “tocando” la mente del hombre que me apunta, y siento cómo la furia va creciendo en él. He logrado “tocar” la mente de los dos hombres a la vez, y no sé de qué manera, le estoy transmitiendo los recuerdos de su compañero. Lo noto.

El hombre me suelta, y enormemente exaltado, comienza a increpar a su compañero. Éste se desentiende de la muchacha y le responde alzando su arma. Ambos se encañonan y lanzan gritos y más gritos que no logro entender. De pronto, dos ensordecedoras detonaciones. La mujer grita y se tira al suelo. Yo me agacho y avanzo hacia ella, la tomo del brazo y la arrastro hacia mi taxi. Los hombres caen al suelo y continúan con su intercambio de disparos.

Para cuando acelero mi vehículo y salgo de allí levantando una nube de polvo tras mí, los hombres ya han dejado de disparar y yacen inertes en el suelo. En ese momento, cuando ya se ve a salvo, la mujer se abraza a mi cuello y comienza a llorar de forma incontrolada.