Hace tres semana, según iba a trabajar, me crucé con el marido de Estela en el rellano. Ni tan siquiera saludó. Estaba enfrascado en sus propios pensamientos. Los sentimientos que siempre desprendía al estar cerca de él eran de una depresión y ansiedad casi continua, que desembocaban muy a menudo en accesos de furia. Pero los sentimientos que emanaban de él en ese momento fueron de una profunda tristeza, mayor de la que nunca había sentido en él hasta ahora.

Fidel recio tenía unos treinta y cinco años, y un carácter huraño e introvertido. Cuando nos cruzábamos en el ascensor apenas intercambiaba unas palabras de saludo, con rostro serio y malhumorado. Introduciéndome en sus recuerdos, pude comprender los graves problemas económicos por los que pasaba, debido a su adicción al juego.

Cuando entramos esa noche en el ascensor, “toqué” su mente. Descubrí que había recibido una carta de embargo que dejaría a su familia en la calle. Y noté que tenía una urgente necesidad de comprar… ¡gasolina! ¿Para qué querría gasolina, si el coche ya se lo habían embargado hacía un par de meses?

Cuando el ascensor llegó a la planta baja le pregunté:

– Fidel, ¿te encuentras bien?

– ¿Qué? –contestó él regresando de donde quisiera que tuviera la mente.

– Te noto… no sé. Raro.

– ¡Vamos, no te entretengas en charlas inútiles! Tienes una tarea que hacer, ¿recuerdas? ¿O qué va a ser de tu familia cuando ya no estés?

El ya conocido escalofrío de siempre recorrió mi cuerpo.

– Estoy bien. Gracias –me dijo alejándose de mí con rapidez.

– Fidel, perdona. ¿Me podías echar una mano? Tengo que subir una cosa del trastero, y me he dado cuenta de que no voy a poder yo solo. No pesa mucho, pero es muy voluminoso.

– ¡No pierdas el tiempo o te cerrarán la gasolinera! ¿Y luego qué? ¿Te vas a ir a tomar por culo a por la gasolina? o es que acaso vas a tener huevos de atravesar a tu familia con un cuchillo con tus propias manos. ¡Vamos, joder!

– No, lo siento. Tengo prisa.

– Venga hombre. ¡Si es un momento!

Entonces ocurrió algo que no me pude explicar.

“Por favor, ven… ¡ven!” –deseé con todas mis fuerzas, y Fidel, como si hubiese leído mi mente, como si hubiese reaccionado a mi súplica mental, accedió.

– Pero sólo un momento, ¿eh? Que tengo prisa.

– ¡Sí, si será sólo un segundo!

Bajamos por las escaleras al garaje, donde están situados los trasteros, mientras “la voz” continuaba atormentando al pobre Fidel.

– ¿Pero qué te pasa? ¿No lo vas a hacer? ¿Te vas a echar atrás? ¡No lo pienses tanto, coño! No existe alternativa posible, y lo sabes. Lo mejor es que te quites de en medio. Que acabes con todo de una vez. Lo mejor es que te suicides, y que te lleves a tu familia contigo. Al fin y al cabo, ¿qué iba a ser de ellos sin ti?

En mi mente comenzó a dibujarse la imagen de la siempre dulce Estela, abrazada a sus hijos, mientras las llamas la consumían. Y esa imagen hizo que el miedo que había sentido cada vez que oía esa voz, se transformara en puro odio. Un odio tan intenso, que tuve que morderme la lengua literalmente para contenerme.

No mereces vivir. ¡No puedes vivir! Y tú familia sin ti tampoco.

Llegamos a mi trastero, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta. Fidel se quedó en la puerta mientras yo hacía el paripé.

– Dónde lo dejó mi madre… –decía fingiendo buscar algo que sabía de sobra dónde estaba, y “la voz” mientras tanto, no cesaba:

– ¿Por qué quieres continuar alargando el sufrimiento de tu familia? ¿Por qué te empeñas en prolongar la agonía? ¡Sube de una vez, y acaba con tanto dolor!

– De verdad, que tengo mucha prisa –me dijo–. Si no lo encuentras…

– ¡No, aquí está! Ven, ayúdame.

En el momento en que Fidel avanzó hacia el interior del pequeño y estrecho trastero, tomé el mango de “para por si acaso” (la pequeña porra que compró mi padre cuando comenzó a trabajar él en el taxi, y que desde aquél día ocupó un privilegiado sitio debajo del asiento de mi vehículo), y lo descargué contra Fidel, en un certero golpe que le hizo caer al suelo. Luego con rapidez me dirigí a la puerta y la cerré.

Fidel comenzaba a incorporarse cuando me giré de nuevo hacia él. Se mantenía a cuatro patas, dibujando en el suelo un cerco rojo, con la sangre que manaba de su boca. Pequeñas piezas amarillentas, procedentes de su dentadura, naufragaban sobre la charca carmesí.

Al ver esa imagen, me vino a la mente una imagen muy parecida que tuve la desgracia de contemplar cinco meses atrás. La de mi padre sobre un charco de sangre, mientras la vida se le escapaba a borbotones por la herida de su cuello.

Fidel se giró hacia mí. Me contempló con unos ojos horrorizados y una mueca de sorpresa.

– ¿Pero qué has hecho, hijo de puta? –Me dijo antes de recibir el golpe fatal.

Golpeé con mi porra una y otra vez la cabeza de Fidel, una y otra vez sin parar, hasta que consumí toda la ira que había estado acumulando desde que vi morir a mi padre entre mis brazos. Y hacerlo fue sencillo. Sólo tuve que visualizar el rostro de la persona que había acabado con su vida.

Golpeé una y otra vez la cabeza del asesino de mi padre, hasta que exhausto por el esfuerzo, proferí un profundo alarido y me dejé caer de rodillas al suelo. Mis ojos comenzaron a manar lágrimas. Me puse a llorar desconsoladamente, como el niño que se ve solo y perdido, en medio de un mundo lleno de peligros.

En ese momento, mientras solloza frente al cuerpo al que había quitado la vida, me pareció oír algo. Algo que en aquel momento pensé que era fruto de mi imaginación, pero que ahora, no estoy tan seguro.

Fue apenas audible. Apenas un susurro.

– ¡Buen trabajo!