Todavía estoy consternado ante lo que acabo de escuchar en la tele. Era evidente que el cadáver que anoche arrojé por el puente, lo encontrarían pronto, y poco me importaba. Al fin y al cabo, no había nada que me relacionase con él. En cambio, procuré deshacerme del difunto Fidel meditándolo a conciencia. Enterré su cadáver en las afueras de la ciudad, en una erguida ladera a orillas del arroyo “Berrocal”. Un paraje un tanto inhóspito en el que no suele andar la gente (se queda en el pinar, donde el terreno es más llano y pueden hacer su picnic a gusto). Pensé que allí jamás lo encontrarían. Pero evidentemente, estaba equivocado.
En ese momento aparece mi madre en el umbral de la puerta. Se cruza de brazos y se apoya sobre el marco en actitud de espera.
– ¿Cuándo vas a llamar al doctor? –me pregunta.
Con el estado de nervios en el que me encuentro, podría hacer o decir algo de lo que luego me arrepentiría. Necesitaba huir de allí, y sólo hay una cosa que me relaje lo suficiente: conducir.
Salgo del salón sin tan siquiera contestar a mi madre.
– ¿Pero a dónde vas ahora?
– A dar una vuelta –respondo de forma tajante.
– ¡Fran!
Cierro la puerta de entrada a mi domicilio con un portazo, y así silencio las reclamaciones de mi madre. Respiro hondo. Llamo al ascensor y aguardo su llegada con inquietante paciencia.
En ese momento, se abre la puerta de al lado de mi vivienda. El menudo cuerpo de mi vecina hace su entrada en el rellano, aferrando entre los brazos al más pequeño de sus tres vástagos. Cierra la puerta de su casa y se dirige al ascensor. Cuando sus ojos verdes se cruzan con los míos, repentinamente se inundan de lágrimas.
– ¡Lo han encontrado, Fran! –me dice con el rostro desfigurado por el dolor–. ¡Han encontrado a Fidel! ¡Está muerto!
En ese momento, ya no puede contener más el llanto y prorrumpe a llorar de forma incontenible. Se acerca hacia mí, y apoya su cabeza contra mi pecho. A pesar de que no tengo ninguna gana de consolar a la nueva viuda, la rodeo con mi brazo por encima de su hombro, y comienzo a acariciar su espalda. El aroma de su oscuro cabello rizado penetra por mis fosas nasales. Un aroma sumamente agradable que, sumado al tacto de su espalda bajo mi mano, despierta en mí el natural deseo masculino por el sexo contrario. Nunca había tenido a esa joven y bella mujer tan cerca, y nunca antes me había fijado en ella más que como lo que era: mi vecina.
Estela se aparta de mí lentamente, casi sin desearlo. Sentí la tranquilidad que le proporcionaba mi consuelo. Desgraciadamente para mí (y comprensivamente a la vez), en ella no existía ningún tipo de deseo hacia mi persona, mayor que el de una agradable compañía que le ayude a sobrellevar el duelo. Extrae un pañuelo de su bolso, se enjuaga los ojos y suena ruidosamente su nariz.
– Me acaban de llamar –me comunica guardando el pañuelo de nuevo en el bolso–. Voy a llevar a los niños a casa de mi madre, y luego me iré a reconocer el…
Se vio incapaz de concluir la frase. Sus palabras fueron interrumpidas por un nuevo ataque de llanto.
– Tenía la esperanza de que regresara… –me dice entre sollozos–. De que tan solo fuera una… una juerga que se había corrido o… qué se yo.
– ¡Vamos mujer! Si de todas formas, estabas mejor sin él.
Su llanto se interrumpe en seco, y me clava sus ojos en una expresión que muestra incredulidad. Siento el ramalazo de rabia que en ese momento la arremete. Deseo haber permanecido callado.
– ¿Por qué dices eso? –me pregunta.
– Todo el vecindario sabía cómo te trataba –digo, procurando mantener un tono amable–. Y, Estela, vivimos puerta con puerta. Con esas paredes de papel, oíamos perfectamente los gritos y las palizas que te pegaba.
– Eso no es cierto. Él nunca…
– ¡Vamos, Estela! –la interrumpo–. ¿De verdad me vas a hacer creer, que todos los días te golpeabas o te caías? ¿De verdad pretendes que crea, que esos moratones no te los hacía él, después de lo que oímos? ¡Reconócelo, Estela! Durante este tiempo que ha estado ausente, no has lucido ni una leve contusión. ¡Y nunca antes te había visto con tan buen aspecto! Ahora te arreglas, y sales a la calle ¡bien guapa! Durante estas tres semanas has sido tú misma, has disfrutado realmente de la vida, y has sido feliz. ¡No le necesitas para nada! Estás mejor sin él.
Estela me lanza una mirada angustiada. Con mis palabras la ira se ha evaporado de su interior, y su lugar lo han ocupado la vergüenza y la tristeza.
– ¡Era mi marido! –me dice como si con eso bastara.
La puerta del ascensor se abre en ese instante. Estela pasa por delante de mí y entra. Me dirijo al interior del elevador, pero Estela alza la mano.
– ¡No! –Sentencia–. Si no te importa preferiría bajar sola. En este momento no eres precisamente la mejor de las compañías.
Yo asiento con la cabeza y doy un paso hacia atrás.
– Tan solo espero que este lamentable incidente, no dañe la buena relación que mantenías con mi madre.
Ella menea la cabeza lentamente en actitud negativa, y luego dice:
– Descuida.
Una lágrima surca su mejilla y ella se apresura en apartarla con la mano. Después de llorar a moco tendido acurrucada en mi pecho, ahora resulta que no quiere que la vea llorar. No quiere demostrar lo mucho que le han dolido mis verdades. Aunque yo, lo sé.
– ¡Vamos niños! –ordena a los dos pequeños que retozan por el rellano, ajenos a la tragedia. Entran corriendo como un vendaval en el ascensor, Estela pulsa el botón correspondiente y las puertas del ascensor se van cerrando, ocultando a su paso esa intensa mirada verde de reproche.
Allí me quedo solo y con cara de bobo, sin comprender cómo era posible que una mujer, que amanecía día sí día también con moretones por el cuerpo provocados por la persona que supuestamente la ama, continuara disculpando a su agresor a pesar de todo. Y me pregunto si soltaría tantas lágrimas por su difunto esposo, si supiese que pretendía quemarla viva junto a sus hijos.



