La voz me sorprende tanto que a punto está de jugarme una mala pasada. El hombre, como si de pronto hubiese despertado de un profundo letargo, alza la escopeta y me encañona con ella. Reacciono instintivamente. Me lanzo sobre el hombre y desvío el cañón del arma con mis brazos hacia una zona fuera de peligro.

– ¡Corre! –grito a Sonia. Ella obedece lanzando un aterrorizado grito–. ¡Refugiaos arriba!

Escucho los atropellados pasos del doctor y de su hija ascendiendo los peldaños de la escalera.Empujo al hombre hacia la pared y ejerzo fuerza en el arma que sujeto con ambas manos. Una avalancha de objetos decorativos cae sobre nuestras cabezas, debido al estante que hemos derribado en nuestro forcejeo. Tapia lanza un doloroso quejido y, como respuesta me arremete un rodillazo en el bajo vientre que me hace flaquear, momento que aprovecha para combatirme con todas sus fuerzas.

Me veo arrastrado hacia atrás y tropiezo. Caigo al suelo y arrastro conmigo a mi oponente, pero el sale beneficiado por la caída, ya que con todo su peso sobre mí, me tiene inmovilizado a su merced. Aprieta con fuerza la escopeta contra mi cuello. Yo ejerzo toda la resistencia que puedo, pero me gana la partida. Ya siento el frío acero del cañón ejerciendo presión contra mi tráquea. Su sudoroso rostro se encuentra a un palmo del mío. Un fétido olor a cigarrillo se escapa a través de los apretados dientes amarillos, que me muestra con una sonrisa eufórica. Suelto mi mano derecha de la escopeta y le sacudo un puñetazo que impacta de lleno en su cara. Se incorpora ligeramente, lo suficiente como para que el segundo puñetazo que lanzo pegue contra el aire. Ahora ejerce más fuerza que nunca en su presión, y comienzo a sentir que me falta el oxígeno. Me invade el pánico. O reacciono de alguna manera o acabará por estrangularme.

Escucho la histérica risa de la voz, susurrando en el interior de mi mente:

– Acabaré contigo. Antes de lo que tenía previsto pero, acabaré contigo.

Toco la mente de Tapia con desesperación, buscando en sus recuerdos algo con lo que poder atacarle. En un momento, su vida completa se vuelca en mi cerebro. Veo pasar a toda velocidad, la vida de ese pacífico y hasta simpático electricista, como una película ante mis ojos. Pero retengo todos los detalles. Toda esa información de golpe me produce un agudo dolor en la cabeza. Un dolor breve, pero tan intenso que me oigo a mí mismo gritar. Mi atacante ríe seguro de su victoria.

Comienzo a dibujar de nuevo en mi mente. Me dibujo a mí mismo, con él encima apretando contra mi cuello su escopeta. Empiezo a dibujarme transformándome. De mis hombros brotan dos bultos que crecen rápidamente como una masa uniforme hasta convertirse en dos serpientes que amenazan a mi contrincante con unos afilados colmillos a ambos lados de su lengua bífida. Después es mi propia cabeza la que se convierte en una serpiente de tamaño considerablemente mayor, que le planta cara con las fauces abiertas, atravesándole con unos temibles ojos rojos. Luego es mi cuerpo el que se transforma en una alargada masa musculosa, unida a las tres cabezas. Una vez que lo tengo, lo proyecto hacia su mente.

En un segundo, Tapia muda su rostro eufórico por otro muy distinto lleno de pavor. Lanza un aterrorizado grito y recula hacia atrás rápidamente. Yo, liberado de la presión y con el arma libre en mis manos, no le doy siquiera tiempo a que piense en lo que está sucediendo. Apunto mi arma contra él y aprieto el gatillo.

Su cabeza estalla salpicando el elegante sillón del doctor con manchas de sangre, masa encefálica y esquirlas de hueso. Su cuerpo realiza una acrobática voltereta en el aire y se desploma en el suelo.

Agustín Tapia está muerto, víctima de una de sus peores pesadillas de la infancia. Víctima de una serpiente de tres cabezas, procedente de un libro que su padre le había leído siendo niño.

– ¿Dónde estás? –grito lleno de tanta rabia como euforia por seguir vivo–. ¿Dónde te escondes, hijo de puta? ¡Da la cara! Enfréntate a mí.

El silencio por respuesta. Tan solo, el eco de una sirena, que comienza a hacerse audible desde la lejanía.

Me encuentro agotado y sin aliento. Me veo obligado a doblar mi rodilla y apoyarla en el suelo, hasta que recupero el resuello y mi ritmo cardíaco vuelve a la normalidad.

– ¿Fran? –escucho al doctor llamarme desde lo alto de la escalera–. ¿Estás bien?

Asiento con la cabeza sin mirarle. Y tras un prolongado suspiro, digo:

– Podéis bajar. Ya ha acabado todo.

El doctor y su hija descienden por la escalera con suma precaución, como si no se fiasen de mi palabra o en cualquier momento el hombre al que acabo de volar la cabeza, fuera a levantarse para reiniciar su ataque.

Cuando faltan tres escalones por descender, Sonia comienza a sollozar y prorrumpe en un terrible alarido de dolor. Se deja caer sobre las escaleras, sumida en un angustioso llanto, que parece que nada ni nadie podrá jamás reconfortar. El doctor Santos la acoge y la mece entre sus brazos, ocultando tras él el cuerpo de su madre, mientras le susurra palabras de consuelo. Sin embargo sus ojos anegados en lágrimas, se vuelven irreversiblemente hacia el cadáver de su esposa, sin que nadie pueda decirle ni una sola palabra de aliento.

Me incorporo y avanzo hacia el cadáver de Lucía. Me quito la chaqueta y la poso con suavidad sobre su rostro, ocultándolo de la vista. De pronto me acuerdo de Natasha, y una acuciante inquietud me embarga. Me dirijo rápidamente hacia la cocina. Lo primero que veo al entrar son trozos de platos rotos desperdigados por el suelo, y las huellas en la pared de uno de los disparos que efectuó Tapia. La cocina está desierta, pero una puerta abierta al fondo me indica el camino que debió seguir Natasha en su huída.

En el exterior, envuelto entre las sombras de la noche que cubren el jardín, distingo una sombra. Avanzo hacia ella con rapidez. En cuanto me aproximo a ella y la sombra me revela su rostro, me detengo en seco sobrecogido.

Estaba convencido de que era Natasha, pero nada me podía preparar para lo que tenía justo frente a mí. Ningún sentimiento percibía de él. Tan solo su presencia observándome con rostro inexpresivo.

Allí, de pie, impertérrito, tal y como le vi la primera vez, me encuentro de nuevo frente a frente, con el asesino de mi padre.