Estuvimos prácticamente toda la tarde recorriendo las principales vías comerciales del centro de Pincia. Natasha no se decidía por nada, por que todo le parecía excesivamente caro y no quería acarrearme un gasto excesivo, hasta que finalmente y tras una veintena de tiendas, tuve que hacer uso de mi don para detectar aquellas prendas que le agradaban, y tuve casi hasta que enfadarme con ella, para que las aceptara sin preocuparse del dinero. En definitiva nos hicimos con un pequeño y diversificado cargamento de ropa y calzado para salir del paso, incluyendo un precioso vestido de noche que le sentaba a las mil maravillas.

Llegamos a casa con el tiempo justo para amontonar las bolsas en un rincón de mi habitación, cambiarnos de ropa y acudir a nuestra cita.

El doctor Santos se había empeñado a que fuera al hospital antes de ir a trabajar, pero yo rechacé esa opción. Lo único que me faltaba ahora era sentir la angustia y el dolor de decenas de personas enfermas, o de los familiares que han perdido a sus seres queridos. Decidimos quedar en su casa antes de comenzar mi turno de trabajo.

“Así de paso, cenamos en familia” –me dijo.

A las nueve en punto estábamos en la puerta de su casa. Nos recibió en bata, y con un afectuoso abrazo. En el centro se encontraba una mesa de buena madera, donde ya se encontraban perfectamente colocados, los platos y cubiertos de la cena.

– ¿Qué, cómo te encuentras? –se interesó el doctor por Natasha.

– Mucho mejor, gracias –contestó ella.

Nos sentamos a la mesa, y comenzamos una de esas charlas sin importancia, que se suelen utilizar para llenar un espacio, que sin duda sería, de incomodo silencio. Lucía trajo una bandeja con diversos canapés, y tras ella llegó la muchacha que nos presentaron como Sonia, la hija de ambos.

– ¿Quién nos lo iba a decir? –comentó el doctor–. Cuando ya me había resignado a no tener hijos, apareció.

Sonia debía tener unos quince años, tenía el pelo rubio ceniza y los ojos grisáceos de su madre. En su rostro se veían reflejadas algunas marcas del acné, que la muchacha había tratado de ocultar con maquillaje. Iba enchufada a un aparato reproductor de mp3 con un volumen tan alto, que hasta yo podía escuchar a la perfección. Se sentó a la mesa mientras mascaba chicle abriendo la boca desmesuradamente, y moviendo la cabeza al son que le marcaba Amaral con su “Kamikaze”.

– Sonia, ¿No te podías quitar eso para comer? –la reprendió en tono suave el doctor Santos.

La muchacha lanzó una mirada de hastío a su padre, pero obedeció. Luego se sacó el chicle de la boca y lo posó sobre el mantel.

– ¿Tanto te cuesta tirarlo a la basura, hija? –amonestó de nuevo el doctor.

La muchacha lo tomó y se levantó de su asiento con tal brusquedad, que acabó tirando la silla contra el suelo. Luego salió del salón diciendo:

– ¡Joder papá! ¡Qué pesado te pones cuando hay visita!

Inmediatamente sentí la vergüenza que embriagó a su padre. No obstante, nos lanzó una mirada de disculpa y dijo:

– ¡Tiene un carácter…!

La cena fue sencilla, pero suculenta. La verdad que Lucia demostró tener unas grandes dotes culinarias. Los canapés estaban deliciosos, la crema de espárragos tenía una textura y un sabor exquisito (a pesar de que Sonia la despreció diciendo que estaba asquerosa), y la pierna de cordero asada se encontraba en su punto exacto.

Tras la cena, Natasha ayudó a Lucía a recoger los platos, mientras Sonia encendía la televisión y se acomodaba en el sofá tumbada a la larga.

– Ven conmigo –me dijo el doctor.

Le seguí al piso superior de la vivienda hasta un pequeño y pulcro despacho, cuyas paredes se encontraban decoradas con múltiples títulos académicos lujosamente enmarcados, a nombre de Don Rafael Santos Peña.

– Siéntate –me invita.

Acepto la invitación, y él comienza a rebuscar en un deteriorado maletín de cuero marrón, despellejado en su superficie por rozaduras y por el paso del tiempo.

– Está hecho polvo –comenta el doctor–. Pero es que me da pena deshacerme de él. Lo compré cuando aprobé la carrera de medicina y desde entonces lo llevo conmigo. ¿Dónde lo dejé? ¡Aquí está! –extrajo una carpeta sujeta con una goma elástica. La retiró y abrió la carpeta–. ¿Recuerdas esto?

Presentó ante mí una fotografía que había visto ya hace unos cuantos años. Era la fotografía del tomógrafo de emisión de positrones que me tomaron siendo niño, en donde se percibían las zonas activas de mi cerebro.

– Sí, claro que sí –afirmo.

– ¡Fíjate en esta zona de aquí! –dice señalando la parte trasera de mi cerebro en las imágenes–. Estas zonas teóricamente deberían permanecer en negro, ya que son zonas del cerebro que, en personas normales, no muestran actividad alguna. Tú sin embargo tenías una altísima concentración de actividad en esa zona, en todo momento. Eso es lo que me llamó especialmente la atención en tu caso.

– Sí, eso ya lo sé.

– Pues bien, como te comenté ayer, ahora me encuentro trabajando en el hospital psiquiátrico. Y comencé a realizar pruebas en la mayoría de los pacientes, para descubrir un patrón unificado en personas con síntomas similares. Y en algunos de ellos, ¡observa lo que he descubierto!

A continuación me fue mostrando distintas fotografías realizadas con TEP. En todas ellas, se vislumbraba una pequeña zona iluminada, en la zona que teóricamente debería permanecer oscura.

– Veo que tienen actividad cerebral en esa zona que dice usted que no debería haber actividad ninguna.

– ¡Exacto! –dice con entusiasmo–. No como tú, desde luego. Pero en una mínima escala, todas estas personas tienen actividad en esa zona concreta del cerebro. Algunos más que otros, pero todos y cada uno de ellos. ¿Y sabes otra cosa? Todos ellos están ingresados por esquizofrenia paranoide. No todos los esquizofrénicos presentan este cuadro, pero sí todos los que lo presentan, son esquizofrénicos paranoides con tema de influencia.

– No entiendo…

– Todos los que tienen esa inusual actividad cerebral, presentan unos síntomas casi idénticos. Piensan que hay algo, o alguien que les obliga a hacer daño a otras personas o a ellos mismos. En otras palabras, todos oyen voces.

En ese instante un escalofrío recorre todo mi cuerpo. De pronto, me veo invadido por una inquietante angustia. Y sé que procede de mí, por que el doctor tan sólo siente felicidad y orgullo por su descubrimiento.

– ¿Qué te pasa, Fran? De pronto, te has puesto pálido.

– No. Nada. Estoy bien.

– ¿De verdad te encuentras bien?

– Sí. Es solo que… me ha impresionado.

– ¿No oirás tú también voces?

Alzo la mirada sorprendido.

– ¿Por qué dices eso?

Debió ver claramente el temor en mi rostro, porque de inmediato soltó una carcajada.

– ¡Estaba bromeando, hombre! –me dice riéndose a mandíbula batiente.

Yo le acompaño en la carcajada intentando disimular, pero mi mente da tumbos de una idea a otra. ¡Dios mío!

¿Estoy loco? ¿Va a resultar que esas voces, sólo están en mi cabeza? ¿En esa zona del cerebro de inusual actividad? ¿O es que realmente, todas esas personas oyen las mismas voces que yo? ¿Acaso ese rincón del cerebro es una especie de puerta hacia otro mundo, en donde unos seres extraños son capaces de controlarnos?

Todas esas preguntas se aglutinan en mi mente, y tan solo hacen que aumentar mi angustia. Ninguna respuesta se me revela. Ninguna idea que despeje mis dudas, y siento que la cabeza me va a estallar.

– Pues si eso te ha sorprendido –me dice el doctor tras el ataque de risa–, ¡espera a ver esto! Te vas a caer de culo.

Comienza de nuevo a buscar en su cartera, dibujando una sonrisa en su rostro, un tanto siniestra. En ese momento, en el piso de abajo, suena el timbre de la puerta.

– ¡Aquí está!

El doctor planta ante mí una nueva imagen de TEP, que no solo logra estremecerme, si no que me asombra. Comparándola con la imagen mía, el cerebro al que hace referencia esa fotografía, muestra un gran punto de luz blanco en medio de las líneas que delimitan el cráneo, y allá dónde debería marcar la actividad, tan solo se veía oscuridad. Era todo lo contario de lo que debería ser. Como el negativo de una fotografía.

– ¿Pero… esto es real? –pregunto con cierta incredulidad.

– Tan real como que tú y yo estamos aquí ahora mismo.

– ¿Y quién es este tío? ¿Cómo es posible?

Desde abajo, el timbre de la puerta volvió a sonar con insistencia. Santos se incorporó molesto, y abriendo la puerta de su despacho, gritó:

– ¿Quiere alguien hacer el favor de abrir esa maldita puerta?

– Sonia, abre la puerta –se escuchó la voz de Lucía.

– Joder, mamá –protestó su hija–. ¡Estoy viendo la tele!

– ¡Vale, déjalo! –le contestó su madre en tono de reproche–. Ya abro yo, hija. Que no se te puede pedir ni un favor.

Una vez solventado el pequeño conflicto doméstico, el doctor cerró la puerta y se encaminó hacia mí diciendo:

– Pues se trata de otro paciente que está internado en el hospital. Es un…

El sonido de una potente detonación interrumpió su explicación. Era el inconfundible sonido producido por el disparo de un arma de fuego.