La primera vez que escuché “la voz”, fue en el despacho de mi abogado, al que acudí con la intención de ultimar unos detalles que quedaron pendientes por el fallecimiento de mi padre. Temas burocráticos, más que nada.

Mientras esperaba a que el abogado me pudiera atender en una pequeña antesala lujosamente engalanada con noble mobiliario, y ornamentos decorativos de algún dorado material (dudo que fuera oro), a salvo de sentimientos ajenos que me embarguen, un hombre entró en la salita.

Se acabó mi tranquilidad. Comencé a sentir una enorme tristeza, acompañada de una rabia difícil de controlar. Aquel hombre parecía apunto de explotar.

Y de pronto, apareció:

– ¡Se están riendo de ti!

Levanté la vista con aire interrogante y lo miré. El hombre se percató de ello y me devolvió la mirada.

– Perdón, ¿Ha dicho usted algo? –pregunté.

– ¿Yo? No –contestó.

Durante unos segundos mantuvimos un incomodo silencio. Yo tomé una de las revistas que se encontraban en una pequeña mesita dorada a mi lado, y la ojeé sin ningún interés. El hombre regresó su vista al suelo.

– Se lo van a quedar todo y no te van a dar ni las migajas.

Volví a alzar la vista. El hombre también, y tras un corto lapsus me preguntó molesto:

– ¿Qué?

Regresé mi atención a la revista con nerviosismo. No hablaba, lo había notado. Al menos no movía los labios. Pero entonces, ¿Qué era esa voz? ¿Sus pensamientos? Escuchar los pensamientos de la gente (lo que yo creía que eran los pensamientos de la gente), eso… eso era algo nuevo, y el pánico se adueñó de mí.

– Esa zorra de tu cuñada siempre te ha tenido manía. ¡Lo sabes! Igual que sabes que es ella, la que está metiendo esas ideas en la cabeza a tu hermano. ¡Haz que lo paguen!

Esta vez no levanté la vista. Lo miré de reojo. No obstante, él se percató, y saltó de su asiento con enorme ímpetu.

– ¡Ya está bien! ¿Se puede saber por qué me estás mirando tanto? ¿Acaso te mola mi culo? ¿Te gustaría taladrármelo, maricón de mierda?

En ese instante se abrió la puerta del despacho de mi abogado, despidiendo a otro cliente que salía con una sonrisa dibujada en sus labios. El hombre que irradiaba ira frente a mí, se giró con rapidez y abordó al abogado:

– ¡Pedro!

– ¡Ah! Señor García –saludó el aludido desde la puerta–. Enseguida estoy con usted. Pasa Fran.

No necesité que me lo dijera dos veces. Me incorporé rápidamente y entré en su despacho. Mientras lo hacía, la voz se dejó escuchar una vez más.

– No te ha hecho ni puto caso. ¿Ves? Hasta el picapleitos éste está en el ajo. No puedes permitir que se rían de ti a la cara. ¡Tienes que matarlos!

Al día siguiente, en el noticiario apareció una fotografía del hombre con el que había mantenido la pequeña disputa en la antesala del despacho. Al parecer había asesinado con un hacha, a su hermano y su cuñada. El motivo: La herencia de una ruinosa casa, en un perdido pueblo de la montaña leonesa.

La segunda vez que escuché la voz ya fue en el taxi. Cuando me encontraba en la parada situada en la Plaza Mayor, un hombre entró en mi coche. Lucía un elegante traje muy formal, aunque absolutamente descolocado (la camisa por fuera, la corbata aflojada hasta el segundo botón, y la chaqueta arrugada). Se encontraba nervioso, enormemente angustiado. Lo sentí, aunque no hubiese hecho falta. Se notaba en su voz.

– ¡Rápido! Lléveme al centro de negocios Gran Vía.

Apenas llevaba unos minutos conduciendo cuando escuché de nuevo aquella voz, una voz enferma y llena de odio que, como la vez anterior, consiguió que el corazón se me acelerara y me crispara los nervios.

– ¡Vamos, rápido antes de que se larguen con tu pasta! Demuéstrales que no eres el gilipollas que siempre se han pensado que eres. Acaba con ellos. ¡Con todos!

La voz continuaba hablando (lavando el cerebro de aquél angustiado hombre); y yo proseguía mi camino intentando no prestarla atención. Procurando pasar desapercibido. Ocultando la cabeza bajo el ala para no verme involucrado. Lo único que hice fue acelerar el taxi, para que mi pasaje se apeara lo antes posible, y poder dejar así de escuchar la voz.

En cuanto llegó a su destino, el hombre me alargó un billete de veinte euros, y se bajó del vehículo sin esperar siquiera el cambio. Yo ya intuía cuales eran sus intenciones, sin necesidad de indagar más en sus sentimientos ni en sus recuerdos (no me atreví). Pero cuando le vi desenfundar una pistola, según entraba en el edificio, la sangre se me heló por completo. Sentí una insoportable sensación de angustia que me presionaba el pecho, y una parte de mí luchó para hacerme salir del vehículo y detener al hombre. Pero la parte de mí que se encontraba aterrorizada ganó la batalla. Pisé a fondo el acelerador y salí de allí quemando rueda.

La noticia salió en la primera plana de todos los noticiarios. Aquel hombre asesinó a sus dos socios de la asesoría fiscal que regentaban, y a una pobre secretaria embarazada, que ese día se había quedado haciendo unas horas extra. Luego, se intentó suicidar con un tiro en la cabeza, que no acabó con su vida hasta varios días después.

Unas muertes que pesaron sobre mí, como grandes losas. Unas muertes innecesarias, que tuve la posibilidad de detener. Ese cargo de conciencia resultó casi insoportable. Deseé que no volviera a escuchar esas malditas voces, pero me juré que la próxima vez que lo hiciera, no me quedaría con los brazos cruzados.

Y eso ocurrió unas semanas después (justo el momento en que mi madre notó ese cambio de temperamento en mí), y con la persona que menos me esperaba.