El despertador sonó a las cinco de la tarde, como ya era rutinario desde que tomé los mandos del taxi hace cuatro meses. Me costó levantarme más de la cuenta. Me sentía sumamente cansado y con la mente espesa. Adormilado, me dirigí hacia el cuarto de baño y me di una ducha. Eso me sirvió para despejarme, pero mi mente seguía algo nublada, como si necesitara más horas de sueño para recuperarse del esfuerzo de la noche anterior. Retiré el vaho del espejo y contemplé un enjuto rostro, que me miraba ojeroso desde el otro lado. Salí del cuarto de baño antes de ponerme a pensar más en mi mal aspecto físico, y me dirigí a la cocina ataviado con mi viejo albornoz amarillo. Allí, mi madre ya había puesto la mesa y estaba ultimando los preparativos para la comida.
Mi madre, sólo por hacerme compañía, había modificado sus hábitos alimenticios y comía a la misma hora que yo.
– Buenos días –saludo a mi madre emitiendo a la vez un bostezo.
– Buenos tardes –me espeta mi madre de forma seca.
De inmediato, una oleada de rencor me invade por completo, y yo sé que procede de ella. Todavía tiene muy presente lo ocurrido anoche.
– Oye, mamá –comienzo a hablar en tono reconciliador–. Me quiero disculpar por lo de esta mañana.
– No tienes porque –me contesta ella sin cambiar el tono.
– Tuve una mala jornada, pero eso no es una disculpa, lo sé. No debí pagarlo contigo.
– No te preocupes. Soy tu madre, y una madre lo perdona todo. Siéntate. La comida está lista.
Nos sentamos a la mesa y ella sirvió el estofado que había preparado sin un solo comentario más. Después se sentó frente a mí y comimos en silencio durante un prolongado espacio de tiempo.
Yo sentía que la presión que había surgido de ella cuando hice mi entrada en la cocina, a pesar de que todavía perduraba, había ido decreciendo poco a poco. La disculpa había surtido efecto.
– Ayer volvió a llamar el doctor Santos –me dijo mi madre de pronto, en un tono más amable–. Dijo que tenía que verte con urgencia. Quizá podías comentarle lo que te está ocurriendo, ya que no me lo quieres contar a mí.
Esto último lo soltó como si tal cosa, en un premeditado acto de reproche.
– Mamá. Que no me pasa nada, de verdad. Es sólo el estrés del taxi.
Mi madre me lanzó una mirada fulminante, y en un tono tajante me increpó:
– Intentaste agredirme.
– ¡Ya te he pedido perdón! ¿Qué más quieres?
La rabia comenzó a aumentar de nuevo en el interior de mi madre.
– Estabas desbocado, Fran. ¡Gritabas solo, te abalanzaste sobre mí como un loco y quisiste pegarme!
– ¡Había tenido una pesadilla, y todavía estaba algo afectado!
– ¿Y por el día qué? ¿También tienes pesadillas? El que estés todos los días de mal humor, que cuando te hablo estés como ausente, el que cada vez tengas un aspecto más deplorable, ¿eso también es por las pesadillas?
– Mamá, trabajo de noche. Eso te altera mucho el organismo hasta que te acostumbras. Es lógico que…
– No, Fran. No es nada lógico. Has tenido cuatro meses para acostumbrarte.
– Pues será que necesito más tiempo.
– Tu padre también trabajaba de noche y nunca se comportó como tú lo estás haciendo.
Contra eso sí que ya no pude alegar nada. Permanezco en silencio, sin apartar mi mirada de los ojos de mi madre, que tampoco aparta la suya, como si se tratase de un pulso visual.
– ¿Y qué quieres que haga? –digo al fin agachando la mirada. Mi madre ha ganado el pulso.
– Habla con el doctor Santos. Cuéntale lo que te está pasando. Quizá tenga que ver con eso que tienes en la cabeza.
Vaya si tenía que ver –pienso. Pero en cambio acabo diciendo:
– Sabes lo que opino de ese charlatán.
– Ese “charlatán”, sin tener motivos, se ha preocupado por ti desde que tenías ocho años. De modo que creo que le debes un poco más de gratitud.
No quise mencionar a mi madre las verdaderas intenciones del doctor Santos cuando me sometió ha esos extraños experimentos hacía ya veinte años. No lo hice entonces, y no lo iba a mencionar ahora.
– Está bien –accedo finalmente a los deseos de mi madre–. Hablaré con él, si es lo que quieres.
– Es lo que quiero –dice mi madre, dando por concluido el tema.
Su rabia se ha disipado por completo.
Tras comer, me dirijo al salón y enciendo la tele. Sintonizo el canal de noticias 24 horas (la única manera de ver lo que pasa por el mundo con mi actual ritmo de vida), en donde el presentador de rigor me bombardea con referencias desalentadoras sobre la economía en el país. Alza de los precios, aumento del índice de paro, una nueva subida de los tipos de interés… Parece que por fin el gobierno reconoce una crisis, que ya se notaba en el bolsillo de los ciudadanos desde hace meses.
En la crónica de sucesos, mi ciudad vuelve a estar en portada:
– Un nuevo crimen ha tenido lugar en Pincia. Una madre ha degollado a sus dos hijos, de tres y cinco años, y después se ha arrojado al vacío desde un séptimo piso.
¡Dios Santo! ¿Pero cómo es posible que una mujer sea capaz de matar de esa manera a sus propios hijos? Es inconcebible.
– El suceso –continuó la noticia–, tuvo lugar a las cinco de la madrugada, cuando los gritos de la homicida alertaron a los vecinos.
A continuación apareció la imagen de una mujer, de unos sesenta años, con rostro arrugado y ojos llorosos, que con enorme estupor decía:
– Me despertaron unos gritos, ahí afuera –dijo señalando en dirección contraria a donde la cámara la enfocaba–; y yo le dije a mi marido: <<Oye, Mariano>> (porque mi marido se llama Mariano); y le digo: <<Oye, Mariano. ¡Ahí pasa algo!>>. Entonces yo y mi marido salimos afuera, y ahí estaba la mujer, “empapaíta” de sangre por “toas” partes y gritando: <<¡Los he “matao”, los he “matao”!>>. Y cuando entramos… –entonces la mujer, comenzó a persignarse, como si en ello le fuese la vida– Ahí estaban los dos, pobrecillos míos. Con el cuello “revenaíco” como dos “pollicos”. ¡Qué pena, madre! ¡Qué pena! Y entonces la madre, se tiró por la ventana.
– La mujer –continuó la reportera–, de treinta y seis años, falleció en el acto. Según fuentes de esta cadena, la mujer se encontraba en trámites de divorcio, y llevaba varios meses bajo tratamiento psiquiátrico. Con este nuevo crimen, ya son doce las víctimas mortales por casos de violencia en Pincia, en los últimos seis meses. Una cifra que duplica ya las víctimas totales, del año pasado.
El presentador del noticiario regresó a la pantalla, mostrando un rostro más serio que de costumbre.
– Nos acaba de llegar una información de última hora –dijo, y seguidamente comenzó a leer el contenido de un folio que sujetaba en su mano–. Fuentes policiales acaban de confirmar la aparición de un nuevo cadáver en Pincia. Se trata de un varón, que ha sido hallado semienterrado, en un pinar cercano a la capital. Por lo tanto ya son trece, las personas muertas, en ésta oleada de crímenes que está sacudiendo a Pincia.
Un escalofrío recorre mi espalda lentamente, estremeciendo cada parte de mi cuerpo. De pronto parece que la habitación ha bajado de temperatura veinte grados de golpe. Comienzo a temblar, y el terror me nubla la vista.
Acaban de encontrar a mi primera víctima.
Octubre 10, 2008 at 10:23 pm
Saludos compañero
No me olvido que esto está por aquí lo que pasa es que ando liadisimo, y apenas tengo tiempo de coger el ordenador.
Sigo conla historia de Fran,que no pierde interes
Por cierto, ojos ojerosos suena fatal, y tienes por ahí un “mirad” o algo similar, te falta una letra.
Ah, y no sé si es casualidad, pero me pareció ver que tienes mucha tendencía a utilizar formas verbales compuestas. Y en algún que otro caso no me parecieron necesarias.
Bueno no me enrollo, nos vemos en el siguiente texto.
Un abrazo
Febrero 10, 2009 at 12:27 pm
Hola Ángel.
Buen capítulo. Me gusta la naturalidad de tu imaginación.
Salud.