Por fin llego a casa. Ha sido una noche terriblemente larga y difícil de digerir. Desde la habitación donde duerme mi madre, oigo unos débiles ronquidos. Seguro que ella se acostó poco después de comenzar mi ronda en el taxi, como solía hacer todas las noches que trabajaba.
Desde hace seis meses, una terrible melancolía la invade por completo. Algo lógico tras la trágica muerte del que había sido su compañero de viaje en la vida, durante los últimos treinta y tres años. Trata de disimular su tristeza en mi presencia, cosa que no entiendo. ¿Qué tiene de malo sentir añoranza por un ser querido? ¿Por qué aparenta que aquí no ha pasado nada? Ella perdió a su marido, pero a mí, me arrebataron a mi padre. Y esa sensación de rabia e impotencia, no la puedo dejar dentro así, sin más.
Si no notara lo que realmente siente mi madre, si no sintiera en mi propia carne el dolor que guarda dentro, recriminaría esa actitud suya de olvido hacia la memoria de mi padre, y por lo forma en que murió. Abandonado, en medio de un descampado, con el cuello rajado.
Sobre la mesa del comedor me encuentro el tentempié que todas las noches mi madre me deja preparado. Pero esta noche creo que pasaré de él. Sin más, comienzo mi rutinario procedimiento previo al descanso: Asearme ligeramente, cepillarme los dientes, entrar en mi habitación, me desnudo, bajo la persiana para que la luz del sol, no perturbe mi sueño, y por fin, caigo en la cama rendido.
Sin embargo, y a pesar del cansancio que se aferra a mi cuerpo (o quizá por su causa), no consigo conciliar el sueño. Doy vueltas sobre mi lecho sin encontrar la postura adecuada, y cada vez que cierro los ojos, se me aparece la imagen del pobre desdichado al que tuve secuestrado, agitándose sobre la cadena y escupiendo sangre poco antes de exhalar su último aliento.
Y la voz… esa retorcida y tenebrosa voz que resuena en mi mente…
–
Ahora el que te va a joder voy a ser yo.
Abro los ojos y me incorporo de un salto. Noto los sordos latidos de mi corazón acelerado en las sienes y mi respiración agitada. ¿Era él realmente o un eco del recuerdo? A veces, cuando te encuentras en ese estado, entre el sueño y la vigilia, puedes oír claramente una voz que, normalmente te llama por tu nombre. Pero sabes que no es real. Sin embargo, lo que acabo de escuchar ahora… ¡Parecía tan real!…
– ¿Estás ahí? –me oigo preguntar tímidamente. La habitación vacía me devuelve el silencio por respuesta.
Me vuelvo a acostar, y permanezco atento a todo sonido que me envuelve. Poco a poco, mis parpados comienzan a cerrarse.
Y de pronto escucho esa escalofriante carcajada a mi alrededor. La misma del garaje. Una risa que suena burlona, como si pretendiera asegurarse de que esta mañana no durmiera.
Me incorporo de nuevo, esta vez lleno de ira, y grito:
– Se que estás ahí. ¡Sal de dónde estés y planta cara, maldito hijo de puta!
Permanezco a la espera, segregando adrenalina por cada poro de mi cuerpo. A los pocos segundos se abre la puerta de mi habitación lentamente. Mi cuerpo se pone en tensión, mi rostro contraído y los ojos lanzando furiosas chispas. Salto de la cama y, como un león enjaulado y hambriento, me lancé contra aquello que pretendía entrar en mis dominios.
Agarro con una mano la sombra que se asoma por la puerta, mientras preparo la otra para la lucha.
Empujo a mi enemigo hacia el salón y un aterrado grito taladra mis tímpanos. Cuando la luz del alba ilumina la silueta que tengo frente a mí, observo el desencajado rostro de mi madre, que contempla con pavor el puño sediento de venganza, que alzo frente a ella.
Muy lentamente (mucho más de lo que hubiese deseado), mi cuerpo se relaja. Bajo el puño y suelto el delicado brazo de mi madre, al que seguro habrán quedado marcados mis dedos, en forma de hematoma purpúreo.
– ¿Qué te pasa? –me pregunta mi madre consternada.
– Nada –contesto evadiendo la cuestión. Mi madre me lanza una mirada de reproche, y siento su preocupación–. No me pasa nada. ¡He tenido una pesadilla! Eso es todo.
En ese momento noté la frustración de mi madre.
– Ya. ¡Una pesadilla! –me retiene por el brazo y me obliga a girarme frente a ella–. A ti te pasa algo. Lo sé. Llevas una temporada que estás alteradísimo, y de un humor de perros. Te ocurre algo y no me lo quieres contar. ¡Y no trates de engañarme! A una madre no se la puede engañar.
– Mira, mamá. He tenido una mala noche –Digo tratando de contener mi ira lo máximo posible–. ¡No tienes ni idea de lo mala que ha sido! Necesito descansar. De modo que, déjame en paz. ¿Vale mamá? ¡Déjame, por favor!
Mi madre contrajo el rostro, apretando los labios exageradamente, y al instante sentí lo que le habían dolido mis palabras. Se giró dándome la espalda, y regresó a su habitación.
– Luego hablamos, ¿De acuerdo, mamá? –digo ahora, en un tono conciliador, tratando de reparar el daño.
– ¡Vete a la mierda! –es la respuesta de mi madre antes de cerrar la puerta de su dormitorio con un sonoro portazo.
Me acerco a su alcoba e intento “tocar” su mente, pero como esperaba, mi don se resiente con las barreras arquitectónicas. Indeciso, tomo el picaporte de la puerta, pero finalmente desisto. No tengo ni ganas, ni fuerzas de proseguir con la discusión, aunque sé que mi madre se merece una disculpa.
Regreso a mi habitación. La luz del sol ya penetra con intensidad entre las rendijas de mi persiana. La bajo por completo hasta que el dormitorio queda completamente en penumbra. Me meto de nuevo en la cama e intento dormir.
Al menos ahora, han desaparecido las imágenes que no me dejaban conciliar el sueño anteriormente, y parece que con ellas, también las voces.
Agosto 12, 2008 at 11:24 pm
Ya le leí ayer, pero no me acordé de dejarte un comentario. He de decirte que me encanta esa sensación de intriga que me queda después de cada capítulo. Espero el siguiente con anhelo y muchas ganas…
Un saludo y mucha suerte.
Nota:
Te mandaré un e-mail pronto
Septiembre 22, 2008 at 10:29 pm
Buenas yo otra vez
Sigo leyendo y al final no me entero que pasa con el niño, (lo tienes bien montado para enganchar;)
Por cierto la parte de onanismo me desconcertó muchisimo, yo vería el cambiarla.
Me refiero concretamentea:
“Doy vueltas sobre mi leche” (un curioso fallo de tipeo), jajajaj
Un abrazo, nos leemos
Febrero 9, 2009 at 11:00 pm
Hola Ángel.
Un capítulo entretenido.
Desde hace un año, me dió por escribir algo. Ahora, con tu novela, ¡igual me dá por leer!.
Ya ves, quién me lo iba a decir a mí.
Salud.