¿Una muerte evitable? No lo creo. ¿Tuve yo la culpa? En parte, puede que sí. Si no lo hubiese retenido, lo más probable es que a estas horas el mundo tendría que lamentar otra muerte más, imputable a la violencia de género. Pero yo no me siento responsable de su muerte. Pero entonces, ¿Por qué me siento tan culpable?

Mientras me dirijo a casa voy pensando en los últimos acontecimientos acaecidos en mi vida, y en como éstos me han llevado a arrojar un cadáver al río, desde lo alto del puente.

Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber poseído cierto don que los demás no tenían. Percibía lo que los demás sentían.

Al principio eran como pequeñas sensaciones. Unos sentimientos que no eran míos, me embargaban de pronto. Como la ocasión en que mi padre llegó a casa, y aparentaba normalidad; pero yo notaba en su alma, que estaba embriagado de ilusión. Y también noté cierto temor. Al día siguiente, antes de que mi madre se levantara, depositó un pequeño estuche sobre su mesilla.

Era su aniversario de boda, y mi padre había comprado unos delicados y preciosos pendientes de oro y diamantes. Cuando mi madre abrió el estuche, se llevó una mano a la boca por la emoción. Yo lo note, así como noté la enorme alegría de mi padre, y el desvanecimiento de ese pequeño temor que tenía. Me vi tan embriagado por sus emociones, que me puse a llorar de la alegría.

Por aquella época vivíamos en un pequeño pueblo de las afueras de Pincia, y mi padre trabajaba como camionero en una cantera. Cuando tenía diez años, acudí por primera y única vez a un centro comercial de la capital. Multitud de sensaciones me inundaron de golpe. Envidia, celos, tristeza, rabia… Todas y cada una de las emociones, de cada uno de los extraños que me rodeaban, se aferraban a mi alma, como si fuesen atraídos por un imán. Y nada podía hacer por evitarlo.

Mi cerebro se colapsó, como si hubiese recibido una sobrecarga. Y es que, la había recibido. Una enorme sobrecarga de percepciones. Mis ojos se quedaron en blanco y caí al suelo tan largo como era, en medio de fuertes convulsiones.

Mis padres se apresuraron en llevarme al hospital, y tras unos exámenes preliminares, pensaron que podría tratarse de epilepsia. Fue entonces cuando me enteré.

– ¿Puede tener algo que ver, con el golpe en la cabeza que recibió siendo bebé? –preguntó mi padre al médico.

Resulta, que cuando apenas tenía dos meses, me caí de los brazos de mi padre.

– Siempre has sido un niño muy inquieto –me comentó como si fuese una disculpa, aunque yo noté que todavía cargaba sobre su espalda el peso de la culpa.

Tuve una grave contusión craneal, con fragmentación del hueso y daño cerebral.

– Hay que esperar lo peor –dijeron los médicos–. Puede que no pase de esta noche.

Mis padres no se separaron ni un momento de mi lecho, mientras que yo luchaba por mi vida. Y cada nueva mañana, durante los siguientes tres meses, tuvieron que escuchar lo mismo de los médicos:

– Puede que no pase de esta noche.

 

Pero de pronto, una mañana, abrí los ojos y comencé a llorar.

– ¡Fue el llanto más bonito que jamás he escuchado! –dijo mi madre emocionada.

Los médicos no daban crédito a lo que acababan de presenciar. En las siguientes pruebas que me realizaron, comprobaron que la fractura se había soldado, y que no quedaba ni rastro del daño cerebral. Una sanación que ellos sólo pudieron calificar como “milagrosa”.

– Los médicos dijeron que debe de haber alguien ahí arriba que debía estar muy interesado en ti – me comentó mi padre con una sonrisa.

 

 

Tras el relato de mis padres, el médico accedió a realizarme un TAC craneal, un TEP y otro tipo de pruebas que pudieran determinar, si había algo mal en mi cerebro. Y las pruebas, sorprendieron al médico:

– ¡Pero esto no es posible!

– ¿Qué? –preguntó mi padre invadido por una acuciante inquietud–. ¿Qué ocurre?

– Mire, fíjese en esto –solicitó el doctor, colocando la fotografía de un cerebro, en donde se resaltaban zonas con distintos colores–. Estas son las imágenes del tomógrafo de emisión de positrones. ¿Ve las zonas resaltadas en blanco? Son las zonas en las que se desarrolla la mayor actividad cerebral en cualquier persona. Aquí cuando oye… –y señalando otra imagen– cuando ve… Cuando habla… y aquí cuando piensa.

 Imagen tomográfica de un cerebro normal

– ¿Y qué hay de raro? –preguntó mi madre nerviosa.

Entonces el médico extrajo un nuevo juego de fotografías y las situó junto a las primeras.

– Estas son las de la prueba que le hemos realizado a su hijo. Compare.

 Imagen tomográfica del cerebro de Francisco Rivas

Efectivamente, había significativas diferencias. El color blanco abundaba más y en mayor cantidad de puntos, en las imágenes de mi cerebro, que en las otras fotografías.

– Disculpe, pero yo… –dijo mi padre ladeando la cabeza de un lado a otro–. Yo solo veo colorines, pero no sé dónde quiere ir a parar.

– ¿No se da cuenta? –preguntó el médico abriendo los ojos desmesuradamente y haciendo grandes aspavientos con las manos–. ¡Su hijo, hace uso del doble de cerebro que cualquier adulto normal! Utiliza zonas del cerebro, que hasta ahora creíamos sin uso.

– ¿Y eso qué significa? –preguntó mi madre casi gritando por los nervios.

El doctor se recostó en su asiento, y comenzó a menear la silla de un lado a otro mientras movía la cabeza en señal de negación.

– No lo sé –dijo tras una pausa que se hizo eterna, y ante la inquisitiva mirada de mis padres continuó–: No sé si es bueno, si es malo… No sé de qué puede ser capaz su hijo ni si eso es lo que le ha causado el ataque en el centro comercial. Lo que si sé es que estamos ante un caso único.

Entonces yo comencé a percibir los sentimientos del doctor. Ese médico estaba embriagado por la excitación. Y entonces decidí que ya que no podía huir de mi don, debía enfrentarme a él. Ahondé aun más en sus sentimientos, me concentré en ellos, y comencé a sentir con mayor intensidad sus emociones. Empecé a sentir lo inquieto que estaba, y que el motivo era el descubrimiento que acababa de hacer. Y me vino a la mente, el anhelo que ansiaba. Deseaba destacar en su profesión. Siempre hubiese deseado ser un gran investigador, el descubridor de la vacuna contra el cáncer, quizá. Pero nunca tuvo actitudes académicas para ello. No era tan buen estudiante.

Como si de un recuerdo propio se tratase, me vino a la mente la imagen de un hombre ya mayor, que le gritaba:

– Nunca serás nada en la vida. Un perdedor. Un inútil. No pasarás nunca de limpiarles las almorranas a los viejos, en algún pueblo de mala muerte.

Y también supe lo que le habían dolido esas palabras de su padre. Éste era el momento de resarcirse. Un caso único en el mundo que poder investigar, que quién sabe lo que podría descubrir, pero que le habría un mundo de infinitas posibilidades. En ese momento, una palabra se me apareció en la mente. Una palabra que supongo sería algo con lo que ese médico desmoralizado, osó soñar durante un segundo, en ese preciso instante.

La palabra era “Nobel”.

Como para confirmar todo lo que había sentido en mi interior, el doctor dijo:

– Me gustaría que dejaran aquí al niño ingresado, para tenerle en observación. Me preocupa su estado de salud.

– Sí, por supuesto –asintieron mis padres al unísono tras lanzarse una reciproca mirada.

Y yo, sabiendo que mentía. Que lo único que le preocupaba era su gloria personal.