Mientras el hombre solloza tumbado en el suelo, me dirijo hacia el banco de trabajo que tengo en el garaje. Junto a un pequeño pero bien surtido equipo de herramientas, tengo un saco lleno de trapos limpios. Tomo uno del interior, y seguidamente voy al botiquín con la intención de empaparlo bien en alcohol.

– ¡Pero deja ya de llorar como una nenaza! Te secuestra, te encadena, te jode los planes, ¿Y encima tienes que hacer lo que te diga? ¡Tienes que seguir atacándole! Ibas muy bien. Lo estabas consiguiendo. Le estabas llevando al extremo. ¿O qué pasa? ¿Acaso eres un cobarde? Sí, es eso. No eres más que un puto cobarde.

– ¿Quién eres? –digo según regreso a su lado con el trapo de alcohol.

– ¡Dímelo tú! –contesta en un tono que denota de nuevo un tanto de rebeldía–. ¿No oyes lo que pienso?

Coloco el trapo sobre lo que queda de su oreja herida. Él reacciona con un quejido provocado por el dolor y aparta ligeramente la cabeza. Dejo el cuchillo sobre el suelo, y con ambas manos, presiono el trapo contra la lesión haciendo caso omiso de sus lamentos. A continuación me dispongo a aplicarle un vendaje con unas gasas que extraje también del botiquín.

 

– No hablo contigo –le contesto.

El hombre mira a su alrededor y desprende una sonrisa que se muestra en algún punto entre el nerviosismo y el cinismo.

– ¿Entonces, con quién hablas? Aquí estamos solos.

– Eso pensaba yo, pero creo que has traído compañía.

– ¿Quién, yo?

– Sí. Alguien te habla, en tu cabeza. Tú no querías matar a tu mujer, pero alguien… o algo, te ha metido eso en la mente, y esas son las voces que oigo.

De pronto el hombre soltó una estruendosa carcajada.

– ¡Tío, tú… tú estás muy mal! –dijo mientras reía–. Háztelo mirar, chaval porque estás como una chota.

– ¡Pero deja ya de llorar como una nenaza! –digo–. ¡Tienes que seguir atacándole! ¿O qué pasa? ¿Es que eres un cobarde?

Al principio no me presta atención, pero a medida que avanzo con el mensaje, sus ojos se vuelven hacia mí con mayor muestra de asombro.

– Sí, es eso –concluyo–. No eres más que un puto cobarde.

– Luego, es cierto –me dice–. Puedes oírlo.

– Parece que por fin he captado tu atención –le digo. El permanece con la mirada fija en mí–. ¿Me vas a atender ahora?

El hombre afirma con un sutil movimiento de cabeza.

– ¿Desde cuando te pasa esto?

– No lo sé exactamente… hace un par de meses. Yo estaba bien, pero de pronto… se me empezaron a meter ideas en la cabeza… ideas absurdas, como que todo el mundo estaba contra mí, como…

– ¡Calla! ¡No digas ni una palabra más!

El hombre acata la orden, y un ramalazo de rabia me inunda.

– ¿Por qué no quieres que hable? ¿Temes perder el control?

Silencio por respuesta.

– ¡Ignóralo! –le digo al hombre–. Sigue hablándome. Cuéntamelo todo.

– Para ti a lo mejor es fácil –me dice–. Por lo que me has dado a entender, tú puedes oírlo. Como si fuera otra persona. Yo no. Yo no puedo oírlo, es como si… esa voz… se me metiera dentro y… no sé cómo explicarlo… como si las ideas surgieran de mí. Como si yo pensara eso.

– ¡He dicho que te calles!

– ¡Continúa! –le animo–. Lo estás haciendo muy bien.

– Estoy tan feliz, en casa, viendo la tele, y de pronto me viene a la mente la imagen de mi mujer, montándoselo con su jefe. Y ya, no puedo quitarme esa idea de la cabeza, y me empieza a comer por dentro, me llena de rabia…

– ¡Ya es suficiente! Tú te lo has buscado.

– Me entran ganas de matarla, de…

De pronto, su discurso se ve interrumpido. Una especie de zumbido llega hasta mis oídos. Un zumbido agudo que me hace tanto daño que me lleva al suelo de rodillas. Tapo mis oídos con las manos, pero el zumbido no se ve atenuado. Mis ojos se cruzan con los del hombre. Tiene los ojos en blanco y comienza a convulsionarse descomunalmente. Echa la cabeza hacia atrás y lanza el grito más espeluznante que he oído en mi vida, tras el cual, se hace el más turbador de los silencios.

El zumbido ha cesado. El grito ha cesado. Las convulsiones del que era mi rehén han cesado, y ha quedado estirado e inerte en el suelo, colgado por los brazos, y con la cabeza hacia atrás.

Me incorporo y, vacilante, me acerco a él. Cuando alcanzo a verle la cara, giro el rostro sin poder contener la acometida del vómito. Mis zapatillas nuevas se ven salpicadas por los restos de lo que había sido mi suculenta cena.

El hombre estaba muerto. El vendaje que acabo de aplicarle se encuentra empapado de una sangre oscura y viscosa que gotea. Por sus fosas nasales circulan dos riachuelos de sangre mezclada con alguna sustancia gelatinosa, y sus ojos han salido de sus cuencas y cuelgan en el aire sujetados por un fino hilo sanguinolento. Era como si le hubiesen inflado el cerebro hasta reventarlo, como en esa leyenda urbana que dice que si soplas por el culo de un sapo se infla hasta explotar.

Todavía impresionado por la visión, comienzo a oír de nuevo esa voz, por la derecha, por la izquierda, como si estuviera girando en torno mío, como si tuviese la intención de marearme.

– Me has jodido bien jodido. Tenía grandes planes para éste. Pero no te preocupes, que tengo más. Y ya me preocuparé yo de que no me los jodas. Ahora el que te va a joder voy a ser yo a ti. Destruiré todo lo que amas. No sabes dónde te has metido, pero yo te lo voy a enseñar.

Y después, el silencio.